Lista de regalos 2017.

A estas alturas uno ya debería saber pedir. Tener claro lo que quiere y lo que no. Pero parece que cada día vamos para atrás. Antes te ponían un plato de cocido en la mesa y sabías que eso no lo querías. Que aquella porquería se la iba a comer tu madre. Luego al final terminabas tragando. No quedaba otra cuando te cerraban la nariz y esa costumbre tan tonta de  respirar te traicionaba abriendo la boca. Momento en el cual aprovechaban para meterte un cucharón, como los que se lleva Italia en el 6 naciones, con garbanzos, judías, medio pollo y caldo. Te lo comías por que aún no se habían inventado las leyes que prohibían el maltrato infantil y estabas desprotegido frente a tus padres. Quizá no tenías claro que es lo que querías pero ya sabías lo que no querías.

Lo que son las cosas. Ahora eres tú quien preparas el cocido y te los comes con ganas. Quizá no en verano pero te gusta. Con lo fácil que es cuando eres pequeño. Y ahora… Lo peor del mundo es traicionarse a uno mismo y desde que empezamos a crecer es lo que mas hacemos. A mi, por ejemplo no me gustas hacer lista de regalos sin embargo he encabezado esta entrada, y hay varias en este blog, con títulos parecidos.

Bueno… vamos a ver que ya desvarío y al final no pido nada, y hoy la gracia está en eso. Si, que le vamos a hacer. Es una pequeña concesión que me hago por eso de que el otro día cumplí 45 tacos. (Madre mía, cuarenta y cinco y con una vida sin encaminar, con mas remiendos que mis vaqueros y menos gracia que un jugador de futbolín bailando sevillanas.) Como necesitar, lo que se dice necesitar… pues poco. Afortunadamente tengo lo básico.Así que voy a pedir solo una cosa. Algo que nunca gasto sin ton ni son, aunque algunos dicen que lo pierdo. Para mi cumpleaños. Lo que quiero es:

  • Tiempo. Eso es lo que quiero. Tiempo para hacer lo que me gusta, para aprender, para disfrutar. Mucho tiempo. Pero no solo tiempo para mi. También quiero el tuyo. Que te pares un día a tomar una cerveza aunque vayas paseando al perro. Que un día podamos coincidir y comer en casa Sanchís, o tapear en algún sitio. Quiero que cuando mires el whatsapp y veas que llevamos tiempo sin hablar me mandes un mensaje aunque sea para decir: cambia la foto de perfil. Quiero tiempo, contigo, con tus hijos, con tu familia o con otros amigos. ¡Me da igual! Pero tiempo.

Tiempo. Tiempo para compartir.

 

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Días de infancia.

Andaría por los once o doce años cuando lo compré. Tenía trescientas pesetas y mi madre, que siempre me insistía en que gastase el dinero en algo que no fuesen tonterías me insistió en que mirase los libros de aquel vendedor ambulante. A mi eso de Club Joven me convencía, me ponía años. Y el título: Días de infancia era como recordar lo que fuiste. Por no hablar del escritor, uno de esos que con nombre ruso pero pronunciable, nada de aquel “dostoryeski” tan complicado. Este se llamaba como mi primo Máximo, lo de Gorki… bueno ya digo, tenía pinta de ruso. El caso es que terminé por comprar el libro. Recuerdo que se me hizo un poco pesado al principio, a aquel tipo le pasaba de todo. Su abuelo era un cabrón, su madre pasaba de él y la única que parecía buena persona era la abuela que aguantaba lo indecible. Las frases eran enormes y había veces en las que las hojas se acumulaban y no pasaba nada. Ni un dialógo que aligerase aquello.

Cuando lo acabé me dejó un regusto amargo que se fue cuando mi madre se leyó el libro y pude comentarlo con ella. A Gorki lo volví a leer un poco mas tarde, en el colegio, cuando podías elegir un libro y el tipo ya me sonaba, entonces cogí: La madre. No es Alexei Pechov un tipo recomendable para un preadolescente pero ya había leído dos libros suyos. Luego vendría “El hombre”, “Valenka Olesova” y “Pequeños burgueses”, mas que nada para tirarme el moco delante de aquella tía que aún creía en la revolución y fumaba canutos al lado de la sede del Partido Comunista.

diasdeinfanciaEste mes he terminado de releer el libro. Era una de las propuestas de este año: Volver a releer cinco libros. Y desde luego ha sido un acierto completo. Si no conoces a Alexei… ¡tardas!

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Córdoba sin siesta.

Es curioso como algo que has sabido siempre aparezca un día y te sorprenda. Córdoba es una de esas ciudades, como todas las ciudades entretenidas, que no duermen. Uno se ha acostumbrado a pensar que si, que duerme. Que un domingo por la noche no hay donde ir y la gente se queda en casa, o te levantas a primera hora, vas a trabajar y eres el único gilipollas que anda por la ciudad, si acaso algún pringado corriendo. Ahora nos acostamos un sábado invernal por la noche, con su lluvia, sabiendo que nuestros amigos, nuestra familia, está toda en casa durmiendo o en proceso de hacerlo. Quizá algunos se aventuren hasta altas horas pero terminarán antes de que salga el sol por que ya “nadie” se queda hasta tarde. ¿Quien va a ser el inconsciente que esté de madrugada, lloviendo, con todo cerrado? ¡Nadie! Ya nadie lo hace. Pero… nosotros si lo hicimos una vez. Bueno, mas de una. Y paseábamos sin chubasquero ni paraguas hasta la salida del sol solo por gusto de ver la ciudad. Y conocíamos las garitos que no cerraban, o abrían a las tantas solo para acoger a los que se aventuraban en esos menesteres. También aprendimos que en verano hay sitios que no duermen siesta, que el calor se soporta mejor con un cubata y un tugurio con aire acondicionado. Con gente alrededor con los mismos sinsabores que tú. Pensábamos que nadie en su sano juicio se aventuraría a salir por Córdoba solo para tomar algo, para pasar el rato, para charlas intrascendentes por el placer de charlar y de ver a alguien que, como tú, la casa le viene grande, o solo por callar frente a una barra de bar.

Ayer fue uno de esos días. Uno de esos en los que se sale a una hora intempestiva solo por el gusto de charlar con gente a la que llevas tiempo sin ver. Que frecuentas bares, tugurios, donde sabes que la gente no duerme. (O si lo hace es a unas horas que nada tienen que ver con el resto del cordobés corriente.) Ayer me volvieron a recordar que existen las Jennifer de turno que se sirven cubatas cargados de garrafón y nadie se queja por que el escote hace de se olvide rápidamente el trago. Que no conocer a nadie no es óbice para pegar la hebra y terminar como un amigo de toda la vida siempre que no te diga que lo que no quieres oír. Que las noches se pueden alargar tanto como el final de mes sin nómina y que las tardes de verano, por mucho que nos cueste pensar que no hay mundo cuando el sol se empeña en dejar el asfalto para refugio de diablos, Córdoba es una ciudad que no duerme nunca. Ni siquiera en la hora de la siesta.

 

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Taboo.

Tabú: Palabra polinesia. Designa una conducta moralmente inaceptable por una sociedad, grupo o religión. Prohibición de tocar o comer un objeto. Literalemente es: Lo prohibido.

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Taboo nos cuenta la vuelta del hijo pródigo, James Delaney a la Inglaterra del 1814 después de diez años dado por muerto. Su padre acaba de fallecer y es el heredero de todo. La isla de Nutka, del que los Delaney son propietarios, hacen que tanto el regente de Inglaterra (futuro Rey Jorge IV) como la Compañía Británica de la India Oriental le ponga ojitos al principio para después declararle la guerra.

James viene de vuelta de todo y lo único que lo deja “aplatanado” es su hermana con la que tuvo una relación incestuosa. Ella, casada y siguiendo convenciones sociales, le da calabazas aunque el tipo no se lo pondrá fácil. Se busca una serie de coleguillas, lo mejor de cada casa, que diría Serrat y con ellos se propone salir airoso de todo lo que se le viene encima.

El tipo mola. Con su abrigo entalladado, y abierto en las piernas, su sombrero alto, mas tatuajes que Sergio Ramos, y ningún escrúpulo. Se pasea por Londres sabiendo lo que nadie mas sabe, que le importa un pito todo y que este tiempo le viene de prestado.

La serie consta de ocho capítulos que saca historias para reventar y no que no vas a conocer. Como Arrow, el tipo vuelve con una sabiduría que vete tú a saber de donde adquiere. ¡Vaya diez años bien aprovechados! Y aunque los finales felices no son el fuerte de la Inglaterra pre-victoriana este al menos lo deja bien cerrado y con idea de que haya otra pero totalmente nueva.

Total… que está bien. Que si te aburres y no sabes que ver en verano mientras termina de salir Juego de Tronos es una buena opción.

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El Toro.

Cuando desperté el toro no estaba allí.
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Abrí los ojos. Seguía con la cabeza descansada en el asiento trasero del ochocientos cincuenta. Desde la ventanilla ya no se veía el cielo, ahora los pisos altos eran los protagonistas. Me incorporé y en ese momento un semáforo se ponía en rojo. El frenazo me hizo adelantar mi cuerpo casi a la altura del conductor.

  • ¿Y el Toro? – Pregunté casi gritando
  • Estamos llegando. Nos lo hemos pasado.
  • ¡Pero te dije que me despertaras! Que quería verlo. – Le dije haciendo mohines a mi padre que ahora me miraba desde el retrovisor.
  • Siéntate bien.
  • ¿Pero por qué no me has llamado?
  • Venga, no te preocupes. En vez de irnos por el centro nos vamos por la ribera y puedes ver las vacas.

¡Como iba a ser lo mismo! Hasta que pasamos por el Guadalquivir no se me diluyó el enfado doble que llevaba. Primero por haberme dormido en el coche y después por que no me despertara. ¿Que le costaría? Un aviso: el toro. Y seguro que me hubiese puesto con los ojos como platos para verlo. Pero no… siguió conduciendo y no dijo nada. O quizá lo hizo pero yo no me enteré. Quizá el cansancio pudo mas que la ilusión.

 

 

Han pasado muchos años desde ese viaje. Ayer el encargado de despertar era yo.

  • Rafa… El encierro. Faltán dos minutos.
  • Ummhhh- Me dice mi nene desde la cama.
  • ¿Te vas a levantar? Si quieres lo vemos aquí en tu habitación.
  • Nnnno…  Afoy.

Entonces voy al salón. Sigo viendo el programa del segundo encierro de San Fermín y a las ocho y cuarenta con legañas y ojillos perezosos empiezan a recriminarme.

  • ¿Por qué no me has despertado?

Y recuerdo que por ahí ya había otro toro. Que destrozamos las ilusiones sin darnos cuenta pensando que sabemos lo que es mejor para las personas que cuidamos. Pero a veces nos equivocamos.

Hoy, con triple despertador, hemos estado viendo el cuarto encierro. En la cama, cantando como cuando era pequeño eso de: “A San Fermín pedimos…” Viendo a los de Fuente Ymbro en una carrera limpia y recordando vía internet aquel otro en el que se los toros se quedaron en la puerta de la plaza. Y es que es mucho mas difícil ilusionarse con algo que  descansar.

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Mascotas.

Siempre he querido un perro. Cuando era pequeño el setter era el favorito, sobre todo porque Aramis era mi mosquetero preferido y cuando salió aquella serie, ya me lo dejó claro. Luego llegó el turno del dálmata, del pastor alemán o belga y, en los últimos años, me decanto por un mastín o un san bernardo. Me gustan los perros grandes pero estoy convencido de que el día que pueda tener uno iré a una perrera, a un centro de acogida, y terminaré con el can que me llegue al alma. (Espero que no sea un chihuahua que son feos de cojones, pero pocas veces elegimos de quien nos enamoramos.) 

Ya digo que me encantaría tener un perro. Pero claro… mi piso es una caja de cerillas y para cuidar bien a un animal hay que tener el sitio adecuado. ¡Vamos, como mínimo un chalet con jardín! Un jardín amplio, porque no vas a tener al pobre perro encerrado todo el día, y si lo tienes que al menos tenga espacio. Para eso lo mejor es vivir en un chalet con al menos quinientos metros de jardín, y si puede ser una casa de campo mejor. Aunque para tener una casa en el campo necesitaría un coche, un land rover de esos que hay ahora. Que lo mismo se meten en un garaje con más columnas que un jueves santo que te cruza el Amazonas sin cambiar de marcha. Además tendrá que entrar el bicho y ya digo que me gustan los perros grandes. Y… bien alimentados. Vamos que un perro de estos lo mismo puede comer tanto o mas que yo. ¡Que coño! Un mastín come mas que yo seguro. Otra cosa es que me vaya a un restaurante y pida novillo argentino que seguro que sale por un pico pero vamos que come y mucho. Así que sería necesario tener una nómina mas que decente o en su defecto una cuenta corriente muy bien saneada para tanto gasto.

A mi los perros me encantan. Que si, que cada día tengo mas ganas de tener uno, pero eso si… ¡Como debe ser! (O como yo creo que debe cuidarse un animal.)

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De árboles caídos.

A mi me sacas del jaramago y distingo poco mas. Mi vena botánica solo se fortalece durante las dos semanas del concurso de patios en mayo y es justita como para regar jardineras el resto del año. Lo que no quita que lleve mosqueado desde hace tiempo por como se están tratando los árboles en la ciudad.

Bastante me ha fastidiado ir sorteando naranjas todo el año por el carril bici, y por las aceras, fruto del … (¡vale! fruto del naranjo y después del chiste…) abandono que en los dos últimos años ha habido con los árboles en Córdoba,  para que encima, en el último mes, haya visto tres árboles caídos sin un temporal excesivamente fuerte como para que terminasen de esa guisa. Eso por no hablar de las innumerables ramas que  han terminado en el suelo. O las que deberían haber acabado, con una poda en condiciones, para evitar andar tranquilamente y comerte las ramas.

El caso es que es un lástima el abandono botánico que tiene Córdoba en árboles ornamentales. Y me refiero a estos por que son los que veo día a día en la calle, los que me dan sombra, los que me alegran la primavera con sus hojas nuevas, con su azahar. Me refiero a estos por que son los que me dan ganas de intentar arreglar  como están, por que si me refiero a todo lo que está ardiendo… Primero me dan ganas de llorar pero cuando desaparecen las lagrimas aparece otras de eliminador de pirómanos que hablan muy mal de mi instinto asesino.

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Vuelta.

Ahora, que es cuando el resto está pensando en vacaciones, yo vuelvo. Si, como Chenoa, cuando tú vas yo vengo de allí.

Unos días en Priego, otros en Torre del Mar y los últimos en Córdoba. Para limpiar el piso, que tenía mono, y enjabonar la cocina. Me ha dado tiempo a ver ganar la XII Copa de Europa del Real Madrid, el X Roland Garrós de Nadal, a maldecir a los valencianos que nos ganaron la liga ACB, a poner muchas lavadoras, a coger moreno terraza (de subir a tender y de esas que molan con sus cervecitas) y playero, a ver procesiones, a pasear, a hacer senderismo, a limpiar, no es que lo haya dicho ya lo que pasa es que parecía que me esperaban para eso. A nadar y a leer, que gustazo el tiempo de vacaciones para intentar hartarte de leer, a escribir, poco pero algo, a reirme, a coger dos kilos mas entre tapas y esa manía que tienen algunos de no saltarse ninguna comida y yo de no perdonar una tarde sin helado. A dormir, que parece que uno con seis horitas está mas que listo pero en cuanto tiene el tiempo a favor esas seis horitas son capaces de llegar solo en la siesta. Unas vacaciones entretenidas. Compartidas principalmente con mi hermana Cheli (es la instigadora de la limpieza y de mi moreno, el de las dos terrazas y el de playa), con Estrella y también unos días con mi nene. (Que ese va por su cuenta y está ahora de viaje.) Total… Bien aprovechadas.

Y ahora, que acabo de ver que no he aparecido por aquí el mes de Junio, podría poner alguno de los relatos que han salido entre terraza y playa pero… otro día. Hoy es el día internacional del Martini y tengo que dedicarle unos minutos en su honor. Hasta el miércoles no estoy completamente operativo.

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Mayo(r).

Hace mucho tiempo que no me cuesta despertar. Al contrario, lo agradezco.  A mi lado duerme alguien a quien las mañanas aún le llegan como cuando el colegio te esperaba y te hacía separarte de tus padres. Mientras refunfuña y se pinta me da tiempo a vestirme, a tomar un café, hoy a sido un batido, y a hacer la cama. Aún me queda mucho tiempo para entrar a trabajar y la espero en la puerta del baño como se retoca el rabillo del ojo.

En frente hay un espejo grande. Me devuelve a un tipo alto, con entradas pronunciadas y el pelo rapado, vaqueros rotos, polo blanco y zapatillas naranjas de esparto. Tiene un aire juvenil pero solo lo parece. Es un hombre mayor. La mirada caída, los hombros anchos, algo de barriga y un mal afeitado de una perilla ridícula. Es uno de esos hombres que cuando eres joven le dices señor aunque lleve camiseta, de esos a los que le pides la hora y sabes que la tiene, y si no la tiene sabe como encontrarla, de esos que viajan en el autobús y se levantan solo porque ya no quedan sitios libres, da igual quien entre. Sigo mirando al tipo que me devuelve el espejo. ¡Si! Ya va para mayor. Y me sorprendo pensando que le caen mas años de los que le deberían tocar. Sigo ensimismado y entonces… ¡Plum! Un palmetazo en el culo me saca del trance, me cogen la cara con una mano y me plantan un beso con un extra de carmín.

– ¡Venga que llego tarde!

El entonces tipo del espejo, el de la mirada caída tiene ahora los ojos como un dibujo manga. Los labios rojos y una sonrisa de chaval de veinte años, como si hubiese estado todo el mes de mayo en la calle.

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La dieta.

Hace años, muchos años, a mi me gustaba escuchar una cinta que había en casa de Pepe da Rosa. El hombre, a este no soy capaz de escribir “tipo”, hablaba de como hacer una dieta comiendo lentejas. Para eso había que limpiar las lentajas y ¿como? ¡Pues fácil! Había que tirarla en el suelo y poner la olla en una estantería alta. Las lentejas había que cogerlas de una en una y echarlas en la olla. Así que mientras te acachabas, te subías en la silla y echabas la lenteja en la olla hacías un ejercicio bestial. No recuerdo como acababa la historia de Pepe pero desde luego, o adelgazaba, o aborrecías las lentejas o mandabas la dieta a tomar por culo y te ibas al restaurante de al lado a por un solomillos con roquefort.

El caso es que hoy me he propuesto no picar entre comidas. Cosa harto complicada porque no he desayunado, ni cené ayer decentemente, y a estas horas (14:37) solo llevo dos cervecitas con tapa (generosa) de Baldomero. Me lo he propuesto pero además con fuerza de voluntad. Vamos que he ido al Willy a compara avellanas y solo he cogido dos, después he vuelto a cerrar la bolsa con un nudo del tipo gordiano para no coger ninguna mas. Solo que… que he vuelto a abrir la bolsa haciendo acopio de todos mis conocimientos adquiridos en la marina de San Fernando y he complicado el nudo. Otras dos avellanas mas y ni una más. Mi voluntad a durado menos que Fernando Alonso en carrera, de nuevo abrir y cerrar la bolsa. Cada vez mas fuerte, más dificil y solo dos avellanas por apertura.

Tiene pinta de ser dura esta dieta. No sé si la seguiré, o … 

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