Mi Jaca galopa y corta el viento…

Este año ha empezado bien. Al menos el úlitimo fin de semana ha sido un fin de semana de verdad. No un reality de cuarentena preparando pan o haciendo maratones de series. Un fin de semana de los de antes. De esos que planeas poco y sale bien. Empezamos como se debe empezar un sábado, sin prisas. Un desayuno decente y un poco de limpieza, pero sin excesos que no había tiempo para tonterías. Lo importante era disfrutarlo. Así que salimos a la calle, mascarilla en ristre, eso si, y nos dimos una vuelta por el casco histórico. Pasear por Córdoba es un lujo, y si un sábado por la mañana encima te hace solecito pues… pocas cosas tan agradables vas a encontrar en la vida.

Ni recuerdo que comimos después pero si que fue pronto por que antes de las cuatro habíamos quedado en La Carlota. La Navidad nos había traído un paseo a caballo. Tengo que reconocer que algo de miedo llevaba, la última vez que había montado un caballo fue en la feria. ¡En el tiovivo, vamos! (Mi hermana me recordó que, en la feria, también “reventaba” caballitos pony de tanto dar la castaña para que me subiesen.) Pero también me hacía mucha ilusión. El regalo ni si quiera era mío, era de Estrella y el día que se de cuenta que no es obligatorio que vayamos los dos en los regalos que caen se me acaba el chollo. El caso es que salimos los dos por la N-IV cantando eso de “mi jaca galopa y corta el viento…”

Practicando el paso español.

El tipo del picadero, Diego, es un santo varón. Tuvo paciencia infinita para enseñarnos lo básico de la equitación. Nos puso el volante en la mano y nos dijo como había que moverlo. Luego el volante se lo puso al caballo y nos enseñó a meter primera, a colocar los pies en el acelerador y… bueno, lo fundamental para no armar un pifostio con el caballo y que los dos estuviésemos cómodos. Él me llevaba a mi y yo no gritaba como una histérica si empezaba a trotar. Lo peor fue… ¡Que me encantó! Una tarde preciosa, un paseo muy agradable por la campiña y Las Pinedas. El sol curioseando el camino y las indicaciones y la charla que tuvimos con Diego fueron entretenidas.

Después de esto, el sábado no dio mas que para hablar del evento. Que si el caballo hizo esto o aquello, que el tuyo era fácil de llevar y la mi Granaina (nombre de la yegua de Estrella) se ha tirado merendando todo el camino, que si la bajada aquella y la otra subida…. total que te quedan ganas de mas y, por su puesto, nos  llevamos el número de Diego para repetir en otra ocasión. Nos acostamo pronto y aún coleaba un sonsonete que empezba así como “Mi jaca…”.

El domingo empezó temprano. Habíamos quedado en el centro de visitantes de El Torcal de Antequera. ¡Si! ¿Qué pasa? Otros quedan en el bar de la esquina pero tiene menos gracia. Así que a las diez de la mañana con – 1º, estábamos andando con mucho cuidado por la ruta de bandoleros. Andar, lo que se dice andar…. andamos poco. Nos acurrucamos en la terraza del bar con el sol como brasero y allí apuramos cafés y anisetes varios. Quedar con la familia es lo que tiene. Donde uno ve una disposición geológica impresionante, otros ven piedras. Si ves una catedral megalítica que ha llegado a nuestros días con algo de salero después de cuatro o cinco mil años, otros ven mas piedras. Y claro… No se puede tener contento a todo el mundo. Así que entre bares y restaurantes nos dio tiempo a poco mas que ver piedras por un lado y agua y piedras por otro. Por que después del Torcal fuimos a ver la Fuente del los 100 caños en Villanueva del Trabuco. ¡Lo que son las cosas! Desconocía esa fuente y en menos de año y medio he ido tres veces. La primera, en verano, desilusionante. Las otras dos, en invierno… ¡Impresionante!

¡Si señor! Un rato muy agradable en familia, a la que va a ser difícil volver a ver cara a cara en mucho tiempo, para terminar comiendo en “El Ventero del Trabuco”. Restaurante donde nos agasajaron la mar de bien. Para no ser de mucho comer no dejé ni sopas. 

Pero todo no podía ser tan bonito. Los planes de la tarde, ser trucaron al darnos una mala noticia. Así que, con mas pena que gloria, volvimos a Córdoba pasando antes por Montilla para dar el último adiós a un amigo. Quizá esta forma de terminar el fin de semana es una manera de ver la importancia que tienen estos ratos. De disfrutar de algo tan fácil como unas piedras o un solomillo al roquefort. De disfrutar, sobre todo, de la Familia.  

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