Avellanas.

La dependienta del horno me dijo que pasase dentro y entonces empecé a salivar. El olor tostado se mezclaba con el de de las magdalenas recien hechas y donde mirase se encontraban bandejas son dulces. Las avellanas estaban a punto de salir pero ella cogió unas pocas de un saco y me las puso en la mano. Después llevó el saco pequeño a la tienda mientras la seguía.

Mamá me esperaba detrás del mostrador y miró sonriendo como le enseñaba las avellanas recién hechas. Cogió una y se la echó a la boca, la miré enfadado pero se me olvidó cuando se acachó para darme un beso en la frente. Ella llevaba medio kilo de avellanas que le había entregado la dependienta. Cuando salimos me obligó a decir a adios y volver a dar las gracias por el puñado que llevaba en la mano.

Ahora, mas de cuarenta años después, sigo cogiendo un puñado de avellanas y me las voy echando a la boca una a una. Y recuerdo el olor tostado del horno y las botas altas de mamá, con cada crujido que dan las avellanas al comerlas.

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