Tengo hambre.

Tengo hambre. Tengo hambre y el teléfono no para de sonar. Me doy mi tiempo para cogerlo, como si cada timbrazo me llegase al estómago. Alimenta poco y decido cogerlo. Al otro lado una voz de mujer pregunta. Una vez, otra. La curiosidad mató al gato, pienso. Pero no muere, sigue preguntando y quejándose. Y yo tengo hambre. Decido darle un bocado al auricular. La mujer se altera.  ¿Por que he hecho eso? Me pregunta. Ella es una señora casada, dice. Y entonces miro el micrófono, me extraño y lo beso. Pero no cuelga y noto una lengua en mi oreja. Ahora soy yo el extrañado pero me envalentono y decido lamer el auricular. La mujer gime. Yo también, pero sigo teniendo hambre.

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