De libros y niños.

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He recordado el susto de hace algunos años, casi quince. Cuando el renacuajo que andurreba por casa se acercaba a la estantería. Teníamos mesas con plásticos antigolpes en las esquinas, en las puertas había seguros para que no se cerrasen de golpe pillasen los dedos con los marcos, los cajones con abridores especiales, por su puesto todos los enchufes que no se usaban con sus respectivos seguros antibebe pero… en la estantería no había ningún tipo de seguro. Era yo quien se encargaba de levantarse del sillón si una mano llena de chocolate se acercaba a algún libro, si buscaba algún juguete entre las estanterías o si, como pasaba con los libros de Alexandros (con colores muy llamativos) la vista, la mano y hasta la lengua se iba para abrirlos o saborearlos.

Para mi, en aquel tiempo, los libros eran un totem. Un elemento sagrado al que glorificar fuese cual fuese su edad, condición, sin siquiera importar en exceso el contenido. La mano de un infante recorriéndolos era algún tipo de sacrilegio que intentaba evitar. Para eso había libros infantiles, cuentos, comics (mas tarde) que él podía disfrutar. Ver sus dibujos, saborearlos, llenarlos de chocolate y vainilla, como si quería dejar una loncha de jamón de separador. Me daba igual con tal de que los míos, quedasen en sus estanterías, impolutos, esperando una relectura, una salida de préstamo, o simplemente aumentasen mi ego al verlos allí, alineados en la estantería. Un icono de sabiduría, de presencia, una manera de ensalzar la casa, un adorno intelectual. Ahora, cada vez que veo una postal como la de arriba me da coraje todas aquellas veces que le retiré la mano de la estantería, de los libros, todas las veces que le dije eso de: No se toca. Son los libros de papá. Cuando seas grande… Por que ahora, esos libros siguen allí, impolutos, esperando una relectura que no llega, un aire que no tienen, una vida que me he encargado de alinear unos con otros por tamaño, por peso, por volumen y siguen esperando que alguien, aunque sea un infante con manos de chocolate les devuelva la vida.

P.D. Claro que esto quizá lo pienso hoy, ahora, al ver la postal de arriba. Quizá si tienes hijos y los traes a casa y sus manos se acercan a mi estantería… Quizá… Quizá se las corte.

Claro que también le puedo dejar los libros de Barrio Sésamo, El capitán Garrapata, algunos de Barco de Vapor y un montón de comics que seguro que les gustaría mas.

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