Crónica de un certificado.

Día 23 de abril. Lunes.

– Hola buenas tardes. -Le digo al cajero que me ha abierto en la sucursal de la Caja Rural que hay cerca del trabajo.- Quería un certificado de impuestos que se han cobrado de mas de la devolución de la clausula suelo que me han devuelto.

– ¿Ehhh?

– Un certificado para la renta.  Pero no el de todos los años si no el que necesito esta vez. A mi me devolvieron dinero de lo que se cobró de mas en la clausula suelo y necesitaba el certificado de intereses para la declaración.

– Pues… no sé. Yo te puedo dar el otro, el de la hipoteca, el que se ha cobrado aquí en la caja. ¿Has mirado en internet?

– ¡Si, si! Ya he mirado. Vengo por eso, por que en vuestra web no aparece esa opción. Me sale ese que usted dice pero eso no es lo que yo quiero.

– Pues eso… Eso va a tener que pedirlo en su sucursal. Aquí no podemos hacerlo.

Así que después de un rato me marcho de la sucursal que voy a llegar tarde al curro y no he solucionado nada.

Día 30 de abril.

– Hola. – Le digo a la persona que recibe en la Caja Rural Urbana 11.- Quería un certificado de… – La señora me hace una mueca como si fuese el feo de los Calatrava y le estuviese pidiendo cucarachas en vinagre- un certificado del cuadro de amortización hipotecaria.

– Eso detrás. -Se gira y me muestra a su compañera que conozco de otras veces.

-¡Vale! – Me adelanto dos pasos y me sitúo al lado de la silla de recepción.

La que me atiende es Olga. La conozco de las veces que tuve que ir a hablar con ella con motivo de mi clausula suelo.

– Hola Olga. – Le digo.- Quería un certificado…

Y vuelvo a contarle la misma historia que a las otras dos personas de la Caja Rural que me atendieron antes que ella. Prácticamente con igual resultado. Que si lo había mirado en internet, que si, que si ellos parece que no tienen acceso a hacer ese certificado. Pero lo van a pedir a Sevilla. Que por lo visto en Córdoba deben ser inútiles y necesitan para eso un permiso especial. Total que al final, viendo que no llegábamos a ningún sitio me aplazan para llamarme en los próximos días y decirme que ya lo tienen.

El día 11 de mayo, esperando alguna noticia de el certificado mando un correo a la tarjeta que me dio Olga para recordarle que necesito el certificado y aún no tengo noticias suyas. Dos o tres días mas tarde llamo por teléfono para ver si habían recibido el mail, (que sí lo habían recibido pero no lo habían contestado) y me dicen que están esperando. Que hay otra persona en mi misma situación y que depende de Sevilla. Que no pueden hacer nada hasta que ese certificado de amortización hipotecaria (a estas alturas me he aprendido el nombre perfectamente) lo envíen desde la sucursal madre o como se llame donde están los mandamases o pringaillos de Caja Rural.

A riesgo de ser impertinente vuelvo a llamar en los días siguientes para recordar que necesito el certificado, que es imprescindible para realizar la declaración de la renta. Siguen dando largas. Sevilla tendrá un color especial pero de cuentas o no saben o pasan. El caso es que es la única opción que me ofrecen. Tienen que enviarlo desde allí y ellos no pueden hacer nada.

Día 23 de mayo. Me doy cuenta que todas las solicitudes han sido cara a cara, por teléfono o vía mail. Decido dejarlo por escrito y para ello pido una hoja de reclamaciones. La pongo y de paso me voy a FACUA para comentarles la jugada. Allí me dicen que los bancos y cajas tienen dos meses para contestar las reclamaciones y que mejor que ponga otra reclamación con el formato de la Junta de Andalucía. Que esa que he puesto es solo para nivel interno y no sirve de nada. De nuevo vuelta a Caja Rural para solicitarles el formato de reclamaciones de la Junta y en el mismo día pongo dos.

A partir de junio tengo que reconocer que me pongo mas nervioso. Ha terminado la feria de Córdoba, la de Sevilla, El Corpus, no se que excusa me van a poner para no darme el certificado pero ya insisto prácticamente todos los días. Conozco a Guillermo que es quien suele coger el teléfono cuando pregunto por Olga, ya me se el nombre de el primer parapeto de Caja Rural, la que pone caras raras, Ana, y hasta me he aprendido el nombre de la directora que ya ha hablado conmigo alguna vez para hacerme partícipe de su vergüenza por no disponer de el certificado, se llama Inmaculada pero le dicen Concha.

Día 15 de junio. Tengo tres días de descanso que hubiese preferido pasar en Priego pero la cabezonería me lleva a primera hora de la mañana a Caja Rural. Saludo a Ana y voy a hablar con Olga. Concha también aparece al verme para reiterarme que no son ellos los que disponen de ese certificado y vuelve a contarme la historia. Les digo que hoy tengo el día libre. Que voy a hacer unas gestiones en Hacienda, visto que no hay manera de que me entreguen el certificado, quiero saber mis opciones. Y que después volveré para solicitarlo de nuevo. Que no me pienso ir hasta que me lo den, o me echen.

En Hacienda les falta decirme que soy tonto. Que no me preocupe, que haga la declaración sin esos datos. Ellos tienen cuatro años para reclamarlo y si se les pasa o no los piden… Eso que me llevo. (Se me queda la cara a cuadros. ¿Me está diciendo que defraude?) Que si cuando tenga el certificado quiero hacer la complementaria que la haga. Y si no… pues ya la pedirán ellos. (Si la piden.) La información me la facilita un tal Antonio de la ventanilla 22. Me voy de Haciendo sin pasar un mal rato. (Excepto por un navajilla pequeña que no sabía si pasaría el escaner.)

Lo mejor de la mañana es el desayuno con Juan Pablo y Olga (a esta le tengo mas cariño que a la de la Caja), en el GastroBar que antes era Arrow y ahora no recuerdo el nombre. Después… otra vez a la sucursal.

Me senté en el banco de espera. Y allí con mi libro de Tenesse Williams empecé a leer. La verdad hacía más el paripé que otra cosa. No enlazaba dos frases del rebote que tenía. A los cinco minutos llegó Olga, Concha y otra compañera que trabaja en la parte de arriba de la sucursal y con la que no he tenido ningún trato. Al verme la directora, Concha, me dice que la siga a su despacho. Vuelve a reiterarme lo avergonzados que están por esa situación y empieza a llamar a Sevilla. Le dan largas, la remiten a un tal Eulogio que después la desplaza al abogado de Caja Rural en Córdoba. A este tipo no lo localiza. Se queda sin opciones. Le digo que no la quiero interrumpir pero que no me voy. Que estoy esperando su contestación en la puerta de la sucursal. Son las diez y media.

A las doce y media, Concha, viene a decirme que es posible que pueda entregarme el certificado a la una y media. Mientras tanto sigo con Tenesse y de paso me entero de que Guillermo suele llevar la parte de seguros. Viendo que está ocioso le pregunto varias dudas que tengo sobre el mío. Me robaron la bicicleta y quería ampliarlo. Me dice que mi cobertura es muy buena y que no me interesa una ampliación, (vaya, parece que el tipo es legal) que si el robo es con intimidación si que cubriría el robo de bicicleta.

– ¡Ya! Pero.. lo que pasó es que me cortaron el candado. Ahora tengo uno mas bueno, y enorme que sería dificil pero por si acaso…

– Tú pones la denuncia y dice que te la han robado. Un empujón, cualquier cosa. Y así si te lo cubre. (Vaya, pues no era tan legal.) Que te han intimidado.

-¿A mi? ¿Con cerca de dos metros y noventa kilos me van a dar un empujón? No sé, se me caería la cara de vergüenza. Y claro luego está lo de la descripción que tendría que dar. ¡No, no!

– Si, si, claro. – Me dice Guillermo que se ha dado cuenta de que me está pidiendo que cometa una infracción.

El caso es que no es mal tipo. Ha llamado a los del seguro y me ha arreglado una visita de un servicio que tienen: “Manitas”.  A ver si me arreglan la puerta del baño. (Precisamente escribo mientras están en ello.)

Vuelvo a mi asiento de la entrada, a mi libro de relatos de Tenesse Willians.. A la una y  media aún no ha aparecido mi certificado. A las dos y cuarto echan el cierre de la puerta de atención al usuario. Ya no entra nadie. Me llama Estrella. Hablo con voz alta.

– ¡No sé, Estrella! – Le digo. – A las tres esta gente querrá irse. Yo tengo claro que no me voy sin el certificado, así que ellos verán si me lo dan o tendrán que llamar a la policía para sacarme.

A las dos y media la mitad del personal del banco está metido en el despacho de Concha. Entran, preguntan, a veces llaman a alguien aparentando normalidad para ofrecerle un producto financiero y vuelven a entrar en el despacho. A las tres menos diez, la mujer que trabaja en la parte de arriba baja, se despide y les desea suerte. Cuando sale de la sucursal me saluda con la mano. Los cuatro están en el despacho de Concha. A las tres en punto vuelven a sus puestos. Empiezan a recoger, parecen aliviados. Cuando sale Concha trae en la mano dos folios. Los demás se ponen detrás de ella.

-¡Aquí tienes! ¡No sabes lo que ha costado! Deberías enmarcarlo. Sentimos mucho todo el retraso y que hayas tenido que esperar tanto. Además no te lo cobro por el tiempo que has estado aquí.

-¿Como, se cobra? De todas formas te dije que no había ningún problema que si había que pagar ese certificado se hiciera como las otras veces, de la cartilla.

– Pues si, se cobra. ¡Treinta euros! Pero vamos que a ti no te lo cobro después del tiempo que te hemos hecho esperar.

Me quedo con las ganas de decirle a Concha que me lo podía haber cobrado. Que aún tenía tiempo para hacer una reclamación por el importe de ese certificado que es obligatorio para la declaración de la renta. Pero… Ya he tenido bastante. Así que le doy las gracias y me voy deseándoles un feliz fin de semana. Ni siquiera vuelvo la cara para ve la felicidad que debe reinar en esa oficina una vez que se han desentendido de mi. Es una lástima que el interés de ese día no se lo hubiesen tomado desde primera hora, al menos una cuarta parte y nos hubiésemos ahorrado algún disgusto. Al menos yo.

P.D. Escribiendo este post me acaba de llegar un mensaje de AEAT: Acaban de ordenar el pago de la declaración.

¡Por fin una alegría!

 

 

 

 

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