Córdoba sin siesta.

Es curioso como algo que has sabido siempre aparezca un día y te sorprenda. Córdoba es una de esas ciudades, como todas las ciudades entretenidas, que no duermen. Uno se ha acostumbrado a pensar que si, que duerme. Que un domingo por la noche no hay donde ir y la gente se queda en casa, o te levantas a primera hora, vas a trabajar y eres el único gilipollas que anda por la ciudad, si acaso algún pringado corriendo. Ahora nos acostamos un sábado invernal por la noche, con su lluvia, sabiendo que nuestros amigos, nuestra familia, está toda en casa durmiendo o en proceso de hacerlo. Quizá algunos se aventuren hasta altas horas pero terminarán antes de que salga el sol por que ya “nadie” se queda hasta tarde. ¿Quien va a ser el inconsciente que esté de madrugada, lloviendo, con todo cerrado? ¡Nadie! Ya nadie lo hace. Pero… nosotros si lo hicimos una vez. Bueno, mas de una. Y paseábamos sin chubasquero ni paraguas hasta la salida del sol solo por gusto de ver la ciudad. Y conocíamos las garitos que no cerraban, o abrían a las tantas solo para acoger a los que se aventuraban en esos menesteres. También aprendimos que en verano hay sitios que no duermen siesta, que el calor se soporta mejor con un cubata y un tugurio con aire acondicionado. Con gente alrededor con los mismos sinsabores que tú. Pensábamos que nadie en su sano juicio se aventuraría a salir por Córdoba solo para tomar algo, para pasar el rato, para charlas intrascendentes por el placer de charlar y de ver a alguien que, como tú, la casa le viene grande, o solo por callar frente a una barra de bar.

Ayer fue uno de esos días. Uno de esos en los que se sale a una hora intempestiva solo por el gusto de charlar con gente a la que llevas tiempo sin ver. Que frecuentas bares, tugurios, donde sabes que la gente no duerme. (O si lo hace es a unas horas que nada tienen que ver con el resto del cordobés corriente.) Ayer me volvieron a recordar que existen las Jennifer de turno que se sirven cubatas cargados de garrafón y nadie se queja por que el escote hace de se olvide rápidamente el trago. Que no conocer a nadie no es óbice para pegar la hebra y terminar como un amigo de toda la vida siempre que no te diga que lo que no quieres oír. Que las noches se pueden alargar tanto como el final de mes sin nómina y que las tardes de verano, por mucho que nos cueste pensar que no hay mundo cuando el sol se empeña en dejar el asfalto para refugio de diablos, Córdoba es una ciudad que no duerme nunca. Ni siquiera en la hora de la siesta.

 

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