La cagada.

Vas andando y no necesitas un bache, ni un paso mas largo que otro, hablando con un amigo, twiteando, mirando a una rubia de vértigo. ¡Da igual! Viene sin avisar. El estómago de da un vuelco, los ojos se te abren como platos, aguantas la respiración y lo sabes. ¡Te estas cagando! Te acaba de llegar un apretón y te pilla en mitad de la calle. Intentas controlar la situación. Lo normal es que pares, que te autoconvenzas para que no sea el fin del mundo, aprietes las nalgas, y aligeres el paso y como si fueses un jugador de pilla pilla, llegues a casa lo antes posible. Hay otros que entran en un bar, piden un café con leche y preguntan por el baño. Son menos escrupulosos, lo mismo les da un bar, que un Zara, el restaurante Mariano, o el Corte Inglés. (¿Quién no ha entrado al Corte Inglés para evacuar?) Luego tenemos otro tipo, esos que aprovechan una noche oscura, la excusa de una mediaborrachera, el silencio y la soledad de una esquina, esos hijos de puta son capaces de cagar en una esquina si nadie les ve. Les da igual cualquier conciencia cívica siempre que se desahoguen. Es una lástima encontrar una mierda humana en el acerado por muy escondida que esté. (Precisamente he leído un artículo de Victoria Fernández que me ha recordado este post que estaba inconcluso desde hace varios días. La teoría de Cristales rotos.)

Aunque este post va, precisamente de las cagadas que me encuentro mas habitualmente. De nuestras amigos del alma, esos que tenemos secuestrados en casa y sufren de “síndrome de estocolmo”, esos que sacamos precisamente para cagar : Las mascotas.

A las mascotas, a los perros, gatos o cerdos vietnamitas, da igual, a cualquiera de estos bichos les perdono una cagada en la acera. A los que no se las perdono es a sus dueños. A esos, a los “amos” (con referencia a la esclavitud) de estas mascotas es a los que no les puedo perdonar las cagadas de sus animales. Entiendo que un animal no va a entrar en un bar y pedir un café para ir al baño y hacer sus necesidades, que precisamente salen poco y es básicamente para defecar en el acerado. (Cuando digo acerado también me refiero a arreates, jardines cuidados, y espacios con cesped o cualquier trozo con tierra pero mantenido por un vecino.) Pero no comprendo como el dueño, al igual que el hijo de puta que defeca en la esquina nocturna solitaria, deja la mierda, allí. Por que esa mierda, esa mierda nos llega a todos. Primero al que la pisa. Un caminante despreocupado  que se encuentra en la suela del zapato una plasta resbaladiza (quiera Dios que no se de un coscorrón) y no hay manera de perder por mucho que intentes rozar la suela con cualquier superficie, la llevas como peo mochilero, a tu espalda y todos te miran mal y asqueados. Que a partir de ahí es cuando la vamos a sufrir todos, un tufo que apesta el lugar, por no hablar de la descomposición de la cagada. Polvo descompuesto que ya tenemos en el aire y respiramos tranquilamente. Esa mierda en la calle nos retrata como una sociedad barbara, sucia, inculta y aberrante que además de antihigiénica nos habla del mal trato cívico con los demás. Y si no respetamos a los vecinos… ¿Como vamos a respetar a las mascotas?  Muy mal habla esto del cuidado que tienes con ellas.

Así que si eres de los que disfrutas de un animal de compañía, de sus juegos en la calle, de su simpatía, de su cariño, hazlo también de sus deberes, de su responsabilidad, de sus cuidados y por su puesto… de sus cagadas.

P.D. Para este post… mejor sin foto.

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