Principe.

Me la he traído al curro con la idea de dejarlas en uno de esos cajones que no se abren nunca. Y de hecho esa ha sido la idea durante cinco horas. Pero acaba de llegar un rato en el que el sabor del chocolate se me ha metido en la nariz, casi podía saborearlo y entonces… ¡Lo he abierto!

El tubo cilíndrico azul estaba esperando desde hacía cinco horas. Los nuevos traen una especie de adhesivo de quita y pon con el que no es necesario romper todo el envase. Me cuesta abrirlo. Pero una vez despegado se abre con la misma ilusión con la que quitas unas bragas. Ilusionado y esperanzador. Cuatro galletas de chocolate aparecen en ese minúsculo recuadro. ¡Me sobran dos! Pienso. Cuidadosamente retiro dos galletas de chocolate, que son cuatro,  y las coloco encima de la mesa. Me dispongo a cerrar el adhesivo y, sin darme cojo cuenta una galleta descolocada y rota y la coloco con las otras dos. Cierro el adhesivo como si alguien pudiese pillarme en un pecado venial. Rapidamente coloca de nuevo el tubo cilíndrico en eses cajón que no iba a abrirse.

Durante diez minutos saboreo con deleite las tres galletas de chocolate. Limpio miguitas que han quedado en la mesa. Lo coloco todo como si no nunca se hubiese abierto el cajón que contenía el cilindro.

31355_xl[1]Cinco minutos mas tarde vuelvo a abrir el cajón.

– ¡Una! Solo una y lo dejo como estaba. – Me miento.

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