Toledo.

Se me abrieron los ojos el día que mi nene dijo Toledo. ¿A Toledo? ¿Tú quieres ir a Toledo?

De vez en cuando hay que agradecer a los profesores algún comentario, alguna entradilla, o en este caso que les guste El Greco. El profesor de “plastica” parece que tenía claro que en verano visitaba alguna de las numerosas exposiciones que se han ido sucediendo del insigne pintor y, claro, mi nene se quedó con la copla. Así que desde que lo dijo tenía en mente que este año era un año ideal para volver a Toledo. (La última visita la hice en 2011, Tulaytula.)

Después de buscar hoteles, pensiones, apartamentos, bungallows, incluso descubrir que existe un método de acampada lujosa que ahora no recuerdo el nombre, después de planearlo todo siete veces y ajustar horarios, visitas, comidas, hasta el partido del Córdoba, y alguna visita a pub nocturno, después… Todo eso se fue al garete. Lo único que permanecía era la visita a Toledo. Lo demás ya vendría, o no, o vete tú a saber. El caso es que Estrella nos prestó su coche y el mismo día de la partida (lunes, 0:05 horas) hacía la reserva en un hotel tipo albergue. El único plan que quedó confirmado fue que no habría plan ninguno.

El lunes era un día para salir temprano, para estar de viaje a las siete y media y ver la salida del sol. Como cuando uno era pequeño y lo despertaban para meterse en un 850 y llegar a la playa con sus paradas en las fuentes de las montañas de Málaga. Solo que nuestra salida de alargó un poco más de la cuenta. A las nueve aún seguíamos en Córdoba. Eso si, el que conduce despierto y los demás, en este caso solo Rafa, durmiendo. Mucho tráfico, mucho cordobés para ir a ver jugar al Córdoba en el Bernabeu. Un viaje tranquilo y agradable. De esos en los que da tiempo a pensar un poquito, a disfrutar de la carretera, y por su puesto a “jartarse” de las llanuras castellanas. (Ya lo dijo el poeta: Caballero, en Castilla no hay curvas.)

Toledo es uno de esos lugares que, entres por donde entres, impresiona. Rodeado de Tajo y con el Alcázar imponiéndose no queda otra que admirarlo desde abajo. Desde primera hora le gustó a Rafa (o eso dice.) A mi ya me gustaba desde pequeño y me enamoró hace tres años.

Lo primero es lo primero. Aparcar. Después, con bolsas incluidas, nos dirigimos a Zocodover (Socodovee, según el niño.) En turismo nos orientan, nos dan un mapa, nos quieren vender una pulsera roja y nos desean que disfrutemos.

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El Alcázar desde la terraza del hotel.

Mola el hotel. (Oasis Toledo.) Tiene lo básico: Una cama, y está en el centro. Además también tiene buenas vistas, desde la terraza son impresionante, y unos conserjes que parecen sacados de una manifestación del 15M.

Una cosa es no tener planes y otra no tener hambre. En las últimas veinte horas no me ha entrado más que dos cafés. Es hora de cambiar de rutina. Mi idea es llegarme a uno de los bares detrás de Zocodover, picar algo y después a ver el Álcazar. Dicho y hecho. Me da un poco de rollo llegar al lugar donde compré las entradas de M-Clan la última vez y ver que se ha convertido en una franquicia. Al menos tienen Cruzcampo y se come muy bien. El museo del ejercito nos espera.

La primera vez que entré en el Alcázar tenía 14 años. Solo recuerdo algún maniquí vestido de militar, muchas espadas y algún arma de fuego. No ha cambiado mucho en lo sustancial pero desde luego es mas moderno. Se ha colado en el museo, bueno… más bien el museo se ha colado en unos restos arqueológicos que han puesto en valor. Tiene escaleras mecánicas, en Toledo se hacen imprescindibles, e incluso puedes interactuar con algunas cosas. Eso si, no dejan dar mandobles con las espadas. (Aunque visto lo de Arizona y el subfusil UZI disparado por niñas de 9 años… ¡Casi mejor!)

Toledo no es Córdoba pero si se decide a hacer calor, las dos últimas veces lo he visto en agosto, hace. Así que nos vamos a disfrutar del aire del hotel, del wifi y de la cama. Sueño es poco. Nos quitamos las horas de calima y después nos damos una vuelta. Lo mas divertido de la ciudad es perderse pero cuando lo haces con mapa y más veces de las que te tocan de media… ¡Cansa! El caso es que visitamos de paso la Mezquita de la Luz. (Visitar mezquitas siendo de Córdoba tiene un riesgo, cualquiera es una birria comparada con la nuestra. -Excepto Casablanca-)

Lo de no tener plan es lo que tiene… Deambulamos mas que otra cosa. Compramos postales, por fin encontramos un sitio donde hay batidos, nos volvemos a perder, la judería nos confunde más que la noche a Dinio y después de varias horas volvemos al hotel. Ducha y a ver al Córdoba en un bareto de Zocodover. Un ratito de lectura y a dormir.

Que mejor combinación

Que mejor combinación

Martes. Al sol le pasa lo mismo que a nosotros, se ha perdido por las calles de Toledo y no encuentra la ventana del cuarto. Así que nos volvemos a despertar algo más tarde de lo que tenía pensado. Dejamos el hotel, las cosas en el coche y a ver lo que más ganas teníamos: El Greco.

Volvemos a perdernos en la judería. A tener problemas para encontrar un batido de chocolate pero por fin… llegamos al museo el Greco. Visita, fotos, y risas. Después seguimos para Santo Tomé. El entierro de señor de Orgáz. ¡Como me gusta esa pintura! A Rafa menos, creo que a esas alturas ya estaba cansado de cuadros, pinturas y calles empinadas. Eso si, antes de salir de Toledo si que había que hacer una visita a Game. No podía dejarse pasar. Si en casa ir al Mercadona es lo primero, para Rafa es impensable ir a una ciudad y no visitar la tienda de juegos.

El camino de regreso se hizo mas tranquilo si cabe que el de ida, aunque de mal rollo porque no se encontraba el Silent Hill y me negué a comprar un juego: El Kirby. (Vaya pasote.)

Selfie

Selfie

El caso es que Toledo sigue siendo una ciudad para descubrir, para perderse y quizá con algo de suerte… ¡Hasta para encontrase!

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2 respuestas a Toledo.

  1. lorena dijo:

    Qué ganas de volver, qué suertudo. Yo antes tengo pendiente la otra Castilla pero espero volver pronto, antes me pillaba todo más cerquita desde los madriles.

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