Juan de Nates.

Juan de Nates paseaba con las manos rozando las piedras. La cantera le había enviado la última remesa y él, con una familia dedicada a la cantera desde antaño, gustaba de conocerlas, a veces de descubrir el potencial  de cada una. Como a un artista se le descubren sus dotes siendo niño y se le encamina en una dirección. A Juan le pasaba lo mismo cada vez que recibían para el monasterio una nueva carga.

Esa noche había sentido algo especial, algo que lo llevaba a acercarse mucho antes de la madrugada a esas piedras.  Deambulaba por ellas y cuando se encontraba en un cruce se comportaba como uno de sus perros. Buscaba donde se encontraba aquella que lo había estado llamando. Las yemas de sus dedos recorrían las aristas. Piedras duras, piedras que resistirían un imperio, piedras bien talladas pero él… Él buscaba la que lo había despertado.

Lo notó en su pecho antes que en sus dedos, allí, junto con el resto de las que subirían muros, Juan encontró la que él quería. Pensó en señalarla, pero se decidió por quedarse allí, a la espera de la luz de la mañana. Una piedra con las mismas trazas que todas las demás pero en su cabeza ya sabía cual era su lugar. Esa piedra desde antes de ser sacada de la cantera ya tenía su lugar en el Monasterio de el Escorial.

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