Urgencias

La sala está repleta pero al fondo, donde se encuentran los servicios, queda un claro para una camilla más.

Tarda poco en ocuparse. El celador, como un jugador de tetris, consigue colocar en su posición al paciente. Detrás, jadeando, llega una señora. Trae una camiseta rosa juvenil, como si anunciase uno de esas tiendas de yogur helado que ahora florecen como las margaritas por el centro, y unas zapatillas de deporte que nunca han tenido ese fin. Cuando llega a la camilla lo primero que hace es colocar la sabana pequeña que la enferma ha girado. Le tapa las piernas.

La enferma es una anciana. Tiene frío y a cada rato no deja de subir la sábana que le han colocado en la entrada. Intenta llevarla al cuello, taparse hasta la boca pero en cada intento las piernas se le quedan al descubierto. Tiene unas piernas delgadas, blancas, huesudas. La señora de rosa, su hija, vuelve a recuperar la sábana y se la coloca lo mejor que puede. Le cubre la mayor parte de las piernas y del torso. Ella no ha perdido el pudor. No es ella quien se muere en la camilla. Y a cada instante recupera de las manos temblorosas de la madre la sábana que sube una y otra vez al cuello.

La señora de rosa empieza a ponerse nerviosa. Le suena el teléfono. En urgencias los teléfonos suenan constantemente, pitidos que se repiten unos iguales a otros, a veces un sonido que desentona con la sala: la cucaracha ya no puede caminar, el pollito pio-pio, …   Lo mira como si fuese de otra persona el móvil rosa que se saca del bolso y descuelga. Comienza a hablar. Sin darse cuenta se aleja de la camilla. El rostro le cambia ahora que sabe que su madre no la ve ni la oye. Tiene ganas de llorar pero tampoco le salen las lágrimas. La madre aprovecha ese despiste para subirse la sábana. Por fin le llega a la boca, la recoge en su cuello, su pecho. No quiere que el frío se le meta en el alma. La sábana ya no tapa sus piernas blancas, ni sus muslos, la anciana enseña su sexo cano, hirsuto, su barriga flácida.

Los hombres que están alrededor dejan de mirarla. Tampoco ellos van a morir y aún conservan el pudor. El suelo atrae ahora las miradas. La curiosidad, cuando es la muerte a quien se mira, no mata gatos. Solo dos mujeres observan incómodas la desnudez de la anciana. Son ellas las que ven en las piernas de la enferma. Las dos se disponen a enfrentarse a la muerte, pero es la mayor la quien se levanta primero y, como hasta ese momento hacía la hija, vuelve a cubrir las piernas de la anciana con esa diminuta sábana.

La hija despide el teléfono, se acerca a la mujer y le agradece el gesto. Vuelve a colocar la sábana y besa a su madre en la frente que intenta quitarle de nuevo el filo de la sábana. Entonces si, como si estuviera esperando salir, una lágrima brota resbalando por la mejilla.

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4 respuestas a Urgencias

  1. kika9601 dijo:

    He tirado de la sábana una y otra vez cubriendo las piernas de la anciana moribunda, he sentido su frío, su pasos hacia la muerte, su desnudez.
    ¡…!

  2. raquelpovar dijo:

    Sentir la muerte es lo que da valor a la vida. Eso iba a escribir :))

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