El pistolero

Nos matábamos todos los días. Con el dedo índice disparábamos desde lejos, a veces fallábamos, otras, dependiendo del movimiento que hiciese el enemigo, la bala llegaba a la pierna, o rozaba la cabeza, el hombro. Nadie quería morirse en el primer disparo. Siempre había una réplica, un tiro que podías esquivar tirándote al suelo, corriendo más que el contrario, volviendo a disparar con el índice izquierdo, había quien tenía dos revolveres, pero uno de los dos tenía que morir.

Apuntábamos al corazón, el disparo perfecto, pero era difícil, nunca lo habíamos conseguido. Ya digo, nadie moría al escuchar el primer bang. A veces nos escondíamos y esperábamos para tener la posibilidad ametrallar con los índices dos o tres veces.

Sergio era el más rápido de todos pero ese día yo estaba dispuesto a ganarle la partida. Me embosqué detrás de la esquina. Conocía su sombra y, aunque el sol me daría de lleno al girarme, tenía opciones para hacer el disparo perfecto. Quince minutos estuve esperando hasta que su silueta alargada apareció a mi lado. Tres metros nos separaban, amartillé mi pulgar. Aparecí de un salto, pude ver su cara de asombro, su miedo, cuando le disparé con el pulgar. “Directo al corazón”, casi le escupí a la cara.

Nos matábamos todos los días. Como iba a saber yo que ese sería el último. Que Sergio no se levantaría. Que sería mi último disparo.

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Una respuesta a El pistolero

  1. Maripili dijo:

    buenísimo!

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