22 pedaladas.

Normalmente no pienso en que voy a escribir hasta después de coger la bicicleta. En cuanto tengo el Ipod sonando y voy dando pedales, vamos, en cuanto no puedo hacerlo, es cuando a mi se me empiezan a agolpar las ideas para llevarlas al papel. Las ideas van cambiando a medida que se desarrolla el trayecto. Al principio, mientras callejeo por mi barrio, siempre se me viene a la cabeza mi gente, mi vida, a quien quiero, y quien me ha hecho daño, aunque esto último suele ser ya en la avenida que enfila hasta Vistalegre. Cuando noto las manos frías, y me voy colocando los guantes, o la bufanda no me tapa las orejas y están frías, cuando me miro los pies y aún no tengo el ritmo que me gustaría llevar en la bici. Esos días suelo acordarme de la gente que me ha jodido la vida. En primavera todo lo más la única idea negativa es que el barman de algún tugurio me ha metido garrafón.

El momento de mayor “iluminaria” me llega al subir la cuesta de Gran Vía Parque, justo al principio. Es entonces cuando las neuronas se ponen a discurrir y suelen derramarse por las orejas ideas geniales, es el momento en que mi cabeza está en otro sitio, mientras mis piernas se afanan improductivamente en subir la puta cuesta, cuando la lengua se sale de la boca para llegar al manillar y me levanto de la bici por que no veo la llegada al falso llano que se avecina a partir del cruce con Guerrita. Después, cuando vuelvo a escuchar de nuevo la música del IPod, el momento de la primera cuesta me deja exhausto y ni si quiera tengo capacidad sonora, es cuando recuerdo que tengo que cambiar la música. No es solo que me tire varios meses con las mismas canciones, algunas no han salido nunca del aparatejo, es que además, no es lo mismo subir a ritmo “Judas el miserable”, con una pedalada alegre, a subir con Ricardo Montaner silbandote en el oído “Déjame llorar”. Como te entre una de estas canciones lacrimógenas, tardas dos minutos más en llegar a la glorieta.

Después viene un  momento chungo en  la mañana, ese en el que recuerdas que vas sin luces, que has vuelto a olvidarlas encima de la consola, cuando piensas que nunca más quitarás las bombillas de navidad  a la bicicleta. Ese que tienes que mirar a un lado y otro para no darte una castaña con algún conductor medio dormido, cuando suelen saludarte con un: “Recuerdos a tu santa madre” (Aunque no suele ser “santa” el calificativo que usan.) En ese punto las ideas literarias desaparecen, suelen concentrarse más en otra fija. Algo así como, “Fran, no te mueras hoy”. Pero el camino sigue y nada más entrar en Avenida América, las neuronas se congregan, se vuelven reivindicativas, no se que tiene la Avenida América  que siempre recuerdo a la Asociación de Vecinos, que tengo cuarenta mil pendientes con relación a las fotografías, al taller de COLINA, todos las cosas que me gustaría cambiar en el trabajo, en el piso, recuerdo que la política es una mierda y que si por mi fuera les… ¡No! No se que tiene la Avenida América que termino muchas veces encabronado con todo el mundo, el primero, por su puesto, conmigo mismo. Pero es rápida la Avenida y dura poco, por que después llegan las veintidos pedaladas más duras. Las últimas para subir la cuesta de la estación de trenes. Veintidos pedaladas desde la Avenida hasta el parking de Renfe. Las más jodías, las que doy con más ganas, las que me llevan hasta el curro.

Las últimos metros hasta la estación suelen ser muy tranquilos, disfrutando, a veces la luna, o el amanecer, las buganvillas de la estación, los besos de la gente que se despide para ir a otra ciudad, a trabajar. Son casi las siete de la mañana y empieza un día. Y yo no voy a empezarlo de mala hostia. Lo empiezo con un café y con mi gente. Además… a partir de ahora es cuesta abajo.

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