La red

La red caía en el arbusto y los jilgueros lo alborotaban todo. El tío Manuel, con un ducados en la mano y sus jaulas en la otra andaba pausado hasta una de las esquinas. Levantaba la red y uno a uno cogía los pajarillos y los introducía en las jaulas. A veces cogía alguno y antes de encerrarlo, se los acercaba a los ojos, como si quisiera descubrir cual era el motivo para que su destino fuese distinto, después lo soltaba. El jilguero revoloteaba un rato, como si llevase media vida encerrado. Como si hubiese descubierto un banco de insectos en el otro mundo. Yo entonces lo celebraba y seguía al pájaro hasta que lo perdía de vista o se ponía a celebrar su libertad canturreando en una rama. Pero otras veces, el tío Manuel,  en vez de soltarlos les retorcía el pescuezo. Entonces los dejaba a un lado y el camino a casa se hacía tedioso. El bullicio de los jilgueros que había en las jaulas era lo único que alegraba el camino. Solo volvía a sonreír cuando a la noche la tía Carmela traía la cena que más me gustaba: Una fuente completa de pajaritos fritos.

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