Escape de gas.

(O, “El gas de la rosa”)

Es la hora del café. El Chipi se acerca a control y viene con su capsula de Dolce-gusto. A él no se le ocurre dejarla en el cajón por eso de: se cree el ladrón que todos son de su condición. Pone su vaso en la cafetera y le da para que empiece a bajar. En ese momento un ruido se escucha en toda la estación. Parece un trueno que llegase desde Almodovar pero no hay ni una nube en el cielo. El Chipi, con los ojos abiertos de par en par y las orejas hacia atrás parece un perdiguero que acaba de avistar a su presa. Mira a un lado, a otro y coge rápidamente su café antes de exclamar:

-¡Hostia!

– ¡Tío! ¿Qué pasa?

No me contesta y sale hacia el pasillo de control como si allí estuviese la solución a la crisis europea. No puedo girarme, estoy en medio de las salidas y no es cosa de despistarse. El veinticinco tarda en dar marcha atrás y entonces me doy cuenta.

–          ¡Hi-jo-de-pu-ta!

Entonces empieza a descojonarse detrás de mí. En la nariz se me ha pegado un tufo horripilante. El trueno de Almodovar no venía desde tan lejos. Había aparecido mismamente del culo de este impresentable. Los efectos secundarios no tardaron en llegar. Nauseas, dolor de cabeza, amago de vomitos. Y lo peor… se está esparciendo. El hedor llega por el pasillo a las taquillas. Las puertas, todas abiertas, le dejan pasar campando a sus anchas. El aire se vuelve espeso, irrespirable. Además el tío no deja de moverse y el peo le viene en versión mochilero, lo lleva a las espaldas y no hay quien lo elimine.

–          ¡Mira! ¡Vete a la otra esquina! – Le pido mientras busco un pañuelo en el bolsillo.

El Chipi no deja de reírse pero de vez en cuando se aguanta la respiración porque hasta para él, el olor es insoportable. Los taquilleros han dejado de vender billetes. Se encuentran todos en el pasillo, las manos en la boca y la nariz pidiendo explicaciones unos a otros. El vigilante desde la otra punta ve que estamos alborotados. La mayoría rojos de aguantar la respiración, otros en el suelo, pataleando y braceando, y para colmo, El Chipi sigue descojonándose, como si el gas fuese el de la risa.  El de seguridad, mosqueado, empieza a acercarse. Ha dejado de fumar hace poco y, a falta de cigarro, suele jugar con el mechero. Lo enciende. Lo apaga. En ese momento es cuando algunos nos giramos al ver una llama oscilante que se acerca y unimos nuestras voces para gritarle:

–         ¡NOOOOOOO!

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