Los Churros.

Me despierto temprano y, además de escribir un montón de morralla en un moleskine rojo, escucho como mi madre sale de la casa. Intenta pasar desapercibida, que no se entere nadie que sale temprano a la calle. Primero abre el frigorífico tirando un tupper de “asaberquehayaquí“, después sube la persina del patio y  luego, asomándose al hueco de la escalera, con voz sibilante, grita:

-FRANCISCO. Venga. Que llegamos tarde.

Entonces mi padre empieza  bajar las escaleras con el paso de una dolorosa de jueves santo. Luciéndose. En la habitación del segundo piso estamos Rafa y yo. El peque sigue frito. Me decido por ponerme unos vaqueros e ir detrás de ellos. Las mañanas de domingo en Priego, no son tan tranquilas como en mi barrio, pero mucho más fresquitas.  Cuando los pillo al final de la calle Loja mi madre me rompe las ilusiones:

– Primero vamos a misa y después compramos los churros.

– ¡No me jodas! ¿A misa? ¡Pero si es domingo!

Con un escorzo que ni Pepe Carvalho, no… espera, ese es otro, lo que yo quería decir es este… el de las anillas… ¡Javier Carballo! ¡Ese! Pues con un escozo parecido me libro de la hostia que tiene preparada mi madre por blasfemar. Así que con el pasito de la dolorosa franciscana seguimos a mi padre. Las misas domingueras son  muy parecidas a como yo las recuerdo de pequeño. El cura habla poco para no distraerte de lo principal: la piscina, que te esperaba en cuanto el tipo da la bendición, en este caso, a falta de piscina: Los Churros.

Para alguien que sigue rezando el padre nuestro de toda la vida, el de las deudas y los deudores (¡que ingenuos somos madre!) la liturgia de la misa no la conozco completamente. Así que no me extrañó que cuando la gente venía de comulgar se cambiaran de sitio y se fuesen a los bancos más apartados del altar. Supongo que será algún tipo de meditación zenreligiosa o algo así.

El cura se levantó de su sillón, estábamos para acabar y los feligreses parecían nerviosos. Las señoras recogían su bolso, los señores se iban alisando camisas y pantalones, algún bastón que se acomodaba en la mano del patizampo, y quitar el polvo de un sombrero impoluto. Era curioso el movimiento que había poco antes de que dijesen eso de: “Podeís ir en Paz”.

– Llestepoxurosonto. – Me dice mi madre.

– ¿Queeeee? – Le digo pegando la oreja. Porque ha empezado un ruido ensordecedor y aquello parece un concierto de los Estopa.

– ¡Que te llegues a por churros! ¡Que si no tardamos más! 

Y entonces veo como los feligreses comulgadores están ya en la puerta de la iglesia, atropellándose con sus bastones y andadores para salir los primeros. Una de las ventajas es que uno con su altura en dos zancadas se pone en la puerta de la iglesia adelantando a señoras con bolso y hombres que ocupaban la mayor parte del espacio ampliandolo para no dejarse adelantar. Poco antes de abrir la puerta y salir a la calle me encuentro que uno de estos con bastón intenta hacerme la zancadilla pero logro evitarla, no así el mastodóntico anterior que a punto está de caer al suelo. En la puerta, algunos de los feligreses comulgados están acercándose al puesto de churros, otros dirigen sus pasos cansinos pero certeros hasta allí. Cruzando por el paso de cebra un anciano con andador le habla a su esposa:

– María… déjame solo, adelántate.

Mientras la señora le lanza un beso al aire y sigue el camino de la marabunta hacia el puesto. A esa también la he dejado atrás y ya me voy enterando de la película. Esto es una carrera.

– Joséé – grita una voz que me resulta familiar desde la puerta de la iglesia.

Y así, con una llamada tonta dos personas se distraen y adelanto puestos. Cuando llego a la churrería solo dos de los primeros comulgantes se me han adelantado. El churrero, sacando los primero jeringos del aceite les pregunta cuando quieren. La señora que ha abandonado a su marido pregunta en alto:

-¿Quien es el último? – dice con una respiración entrecortada.

Y ese soy yo.

Epílogo:

Mi padre sigue andando con una música que solo escucha él: “Dolorosaaaa” le retumba en su cabeza. Va saludando a la gente que se encuentra en la cola. Hombre Pepe, Luis ¿que pasa? ah que tu mujer está más adelante, yo es que he mandado a mi chico para que vaya comprando, si, ese alto que está pidiendo. Bueno pues ya nos vemos, venga que no se acaban los churros. Y así llega mi padre a mi lado, justo cuando me están despachando los churros, para palmearme el hombro y decirme: tu madre está preparando el chocolate, vamos para casa.
Pero antes no puede evitar una última mirada a la cola de la churrería para saludar a los compradores que lo miran como  si fuese un tahúr de salón
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2 respuestas a Los Churros.

  1. maripili dijo:

    jajajajajaja buenísimo! a mí también me flipa que los píos sean los primeros que quieren huir de misa. Del resto no comento nada, que ya está todo dicho!

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