Amanece, que no es poco.

            Tengo que reconocer que hay días en que apetece venir al trabajo. ¡Trabajar, no! Quiero decir: venir. Coger el autobús y así, medio dormido, (bueno, vale, dormido del todo, la parte de Ronda de los Tejares no recuerdo haberla pasado hoy) ir haciendo el trayecto. Ver las caras de sueño y esperanza de la gente. Porque a esas horas pensamos que solo nos falta un café para poder con todo. Luego, cuando estás llegando a la estación, al fondo de la avenida, ves una pelota que empieza a subir llenando las calles y los edificios de zumo de naranja. El Koninginnedag lo celebramos a las siete todos los días de junio, y parecemos teletubbies con los ojillos medio entornados saludando al sol.

Bueno... esta es un poquito antes.

A partir de ahí la cagas, porque lo siguiente es entrar en la estación y ponerte a trabajar. Pero hoy es uno de esos días que molan, más que nada porque empiezo las vacaciones, hay  luna llena, con eclipse incluido, en la Victoria siguen los preliminares de La Noche Blanca del Flamenco, ponen una película entretenida en la Filmoteca, y  Alberto Guerrero canta en La Espiga, y lo mejor, es que hay ganas, muchas ganas.

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