Toro.

            Pues no que
llega y me dice:

            – ¡Vamos a
meternos!

            – ¿Qué
dices? ¿Tú estás loco?

            Benítez,
que no vuelve a cumplir los cuarenta y tres, aunque su barriga diga que va por
los cincuenta y tantos, me mira como si con mi negativa me hubiese cagado en la
madre que lo parió.

            – Pero tío…
– le digo – ¡Que ya tenemos una edad! ¡Que además es muy grande! ¿Qué es que…?

            – ¡Que
estás amariconao! ¡Que no hay cojones!

            ¡Ya está!
¡El no hay cojones! Yo no se que nos pasa a los tíos que es decirnos “no hay
cojones” para que empecemos a hacer las tonterías más grandes. ¿Qué no hay
cojones de entrarle a aquella tía? Me la llevo a la cama ¿Qué no hay cojones de
tomarse otro cubata? Hasta que me salga la bilis. ¿Qué no hay cojones de hacer
puenting? Sin cuerda si es necesario. ¿Qué no hay cojones de correr al toro? Y
esta ha sido la última. Y no, no había cojones de correr delante del toro. Pero
se buscaron en la última lata de cerveza y, sin cojones, pero gilipollas
perdidos, nos metimos delante del bicho.

            La calle de
Santa Ana es cortita, cien metros no más. Viene precedida de la cuesta del
pilar donde el morlaco ya venía con media lengua fuera, y acaba en la calle
Chica, una calle que se estrecha y donde, supuestamente, dejábamos la
quijotada.

            – ¡Que no
pasa náá! No ves que lleva dos vueltas y está rebentao.

            Es cierto
el toro con dos vueltas se veía cansado, pero a mi aquello me cuadraba poco.
Cuando llegó el primer arreón de gente subiendo el pilar, nos dimos cuenta de
que el bicho era más grande de lo que habíamos visto desde la valla. A donde
fueres… Así que empezamos a correr como si llegásemos tarde a las rebajas del
Corte Inglés. A Benítez se le olvidó la borrachera incipiente y la barriga
prominente, ni Usain Bolt da las zancadas como las dio él en los cien metros
que había hasta la calle Chica. Adelantamos a todos los que nos habían dejado
ver el toro. Cuando llegamos al final de la calle,  la gente de la valla, que nos veía llegar a
toda pastilla, se echó para un lado y pudimos saltar como lechones. Si, como
lechones, por que ni gacelillas, ni siquiera una toma de olivo medio decente
como un banderillero bueno, ni nada. Saltamos dándonos el crismazo de nuestra
vida. Mientras la gente de alrededor nos miraban como si acabásemos de morir en
ese salto. Cuando nos incorporamos no vimos al toro. ¿Ya ha pasado? ¿Tan rápido
venía? ¡Una mierda! Faltaban lo menos noventa metros para que llegase hasta
donde estábamos. El hijo de la gran puta nada más subir el pilar se había
entretenido arreándole castañazos a una valla y allí seguía. Miré a Benítez.

            – ¿Qué
hacemos? ¿Nos metemos otra vez? – le pregunté.

           
¡Aaaaahhhh! No. Nosotros ya hemos corrido delante. Ahora, si el toro no tiene
cojones de seguirnos…

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Una respuesta a Toro.

  1. Teresa dijo:

    Qué miedo.Cuando yo era una cría, a veces soñaba que había toros sueltos por la calle y no paraba de correr y buscar dónde subirme o esconderme.

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