Semana Santa 2009

 
 

            El jueves, dos de abril, no quería que terminase igual que el del año anterior. Si no dormía en toda la noche que no fuese por estar ahogándome en la sala de espera de urgencias. A las nueve de la tarde salí a la calle, pero en vez de una ambulancia cogí el autobús.

            Ni zapatillas, ni pantalones destrozados, ni siquiera la mochila, hoy me llegaba al Mansur. Para un día que iba medio decente no me encuentro con el portero. Ese tipo alto y cuadrado con una nariz partida, que te saluda con voz de ultratumba y parece escapado de una película de boxeadores. Entre en el pub. Dentro unos tipos ojeaban una lista que parecía de invitados. Nos miraron, los saludamos, y pasamos directamente a la barra. Detrás unas seis u ocho chicas nos miraban extrañadas. Al fondo unos tipos que iban de la mano. Fue en la segunda cerveza cuando nos dimos cuenta que allí había muchas tías, y que estaban todas muy buenas para habernos tomado solo dos cervecitas.  Entraban más niñas. Todas guapísimas, no es que fuesen normales, no, es que eran muy guapas. Cuando una camarera, que debería ser familia de las niñas estas, nos trajo otra cerveza sin pedirla y un “notas” detrás venía con una bandeja de canapés, fue cuando nos dimos cuenta de que nos habíamos colado en una fiesta. Aquello no era normal. Tanta niña, tan guapa, solo seis tíos y cuatro con pinta de maricones, aquí pasa algo, y entonces nos enteramos que estábamos en una fiesta de moda. Tenía que tirarle los tejos a alguna de las nenas estas, así que seguí la técnica de costumbre. Me quedé apoyado en la barra pidiendo una cerveza detrás de otra mientras seguía de charla con Daniel. Después de unas horas donde entró mucha gente, aquello se puso hasta la bola, y cogieron la manía de empezar a cobrarnos las cervezas. Nos despedimos de todos como si los conociésemos de toda la vida. Cuatro horas estuvimos allí, y nos fuimos con ganas de más juerga. Ganas que se fueron quitando nada más entrar en el Góngora y ver que el ambiente decaía. Para la casa a dormir.

 

            Viernes de Dolores. Haz la maleta, recoge el piso, el teléfono, ya bajo, vete a Priego, saca la ropa de la maleta, haz las camas, ve a comprar, come, ahora a Lucena, recoge a Rafa, a Elisa, de nuevo a Priego, saca las cosas de la maleta, instala la playstation, entre tanto sube siete veces las escaleras en casa de Cheli.

Para la calle. ¡Que bien se respira en la calle El Río! Ahora a San Pedro a pedir el sitio. ¿Cómo me apañado para terminar apuntado en los turnos de vela?

Venga prontito a la casa que el día todavía promete. Me voy a comer un bocadillo que no se lo salta un galgo. ¿Qué haces? Me gritan desde el pasillo. Comer ¿no? ¿Salchichón vas a comer? Que hoy es vigilia. Me cago en la puta de oros. Mi madre sigue guardando la vigilia, más que nada por costumbre, por que ella sabe que no tiene que hacerlo. El caso es que guardar la vigilia en casa de mis padres es misión imposible, y si lo terminas haciendo de un mérito que te ganas el cielo. La cocina es como un bodegón, salchichones colgados por la ventana, en el frigorífico, alguno cerca del barril de vino, ese suele estar empezado, y claro yo me fijo en el salchichón pero allí también hay chorizo, morcilla blanca, ¿quién se ha dejado el tupper del lomo abierto? Que bien huele. Pero ¿qué hace aquí el jamón también? ¿pues no dices que es vigilia? Si pero he estado haciendo croquetas y…. ¡Mamá cállate ya! Entonces te sale un lastimoso ¿y que como? Abre el frigorífico y empieza a sacarte gambas, cuatro  tipos de quesos distinto, atún, croquetas de bacalao, huevos duros, y te recuerda donde están las empanadillas y los pestiños. Bueno, vale, dices con cara de que aún no te han convencido y coges el cuchillo a ver a que le mete mano primero.

 

            El sábado a las ocho en punto los chicos tocan diana. Venga a levantarse todo el mundo. Vamos a darle un arreglón a la casa. Así que ya tengo la mañana ocupada, barre, friega, los cuartos de baño, niño vete a la calle a jugar, no me pises que te… La siesta es con el canal sur, bueno, la siesta, la comida, la cena, todo, menos el desayuno, que es muy temprano para poner la tele. Con los dos bichos correteando de un lado a otro, los primero días son de sesión infantil. A las diez y media estoy metido en la cama, me pongo a leer, a las diez y cuarenta y cinco uno de los niños me quita el libro y apaga la luz. Ya estaba frito.

 

            ¡Churros! ¡Bajad que se enfrían! Al parecer, los de las ocho de la mañana están más buenos que los que se compran a las diez o las once. Así que, el domingo,  otra vez a levantarse pronto. Venga a ducharse que nos vamos a ver la “pollinica”. Tres cuartos de baño y tenemos que apelotonarnos todos en el mismo. Rafalete, que debe ser algo así como hidrofóbico, a gritos, ¡que no quiero ducharme! Después, ¡que no quiere salirme de la ducha! Eso sí, el cuarto de baño se queda hecho unos zorros, a limpiar otro poquito antes de irte. Paseítos por la villa, compra de palmeritas, pastón que te sacan los descubiertos en Priego. Si Joe Cocker los conociese no les pediría que se quedasen con el sombrero, por que si no el que se iba a quedar en bragas iba a ser él. Ración de canal sur para la comida, ¿en esta casa no hay más cadenas? Pedazo de siestón mientras los chicos juegan en la segunda planta.

         ¡Las campanas! ¡A misa! ¡Venga!

         ¿A misa? ¿Pero hoy no es domingo? ¿Hoy no se descansa?

Mi madre, el sentido del humor, a veces lo pierde en alguno de esos cajones en que es tan propensa a guardarlo todo. Así que todos firmes y en fila para la Iglesia de las Mercedes. Dos bancos delante mía una gorda con tanga rojo acompaña a su abuela, esto si que es sacrificio, el de la abuela, digo. La vista se me va al hilillo que le asoma cada vez que se sienta y me duele. ¡Por Dios, que se vuelvan a poner de moda los pantalones hasta al cintura! ¡Libranos de las horteras! Y no nos dejes caer en lo chabacano. Amén.

 

Lunes por la mañana. Entre la decimonovena visita al Mercadona o venirse conmigo de senderismo los dos bichos me cogen uno de una mano y otro de otra. ¡Ala! A corretearse la carretera de Algarinejo hasta al fuente de no se que. Todavía no habíamos salido de Priego y ya empiezan. Quiero agua. ¡Ya? Pero si acabamos de salir. Compra agüita, y cárgala por que estos pasan. La cámara, el agua, la cazadora de Rafa que se la quita nada más poner el pie en la calle, y un letrero que parece decirme que donde coño voy yo. No estuvo mal. Entretenido y además vimos la fuente esa. Después siestecita. Esta vez me voy arriba a ver jugar a los chicos, y me quedo frito en el sofá. Más paseítos, visitamos el museo arqueológico y los cuadros de Lozano Sidro. Pues no que me he encontrado algunos que me han gustado bastante. De noche Los Dolores que bajan del calvario y antes de que llegue a la calle Málaga, mientras los Gil están en el segundo sueño, las Gil, más bien las Alcalá, están en la calle.

 

El martes para no perder la costumbre nos levantamos tempranito. ¿No íbais al taller de hornazos? Pues sí, pero no hasta las diez y media no empieza. Venga que llegáis tarde. ¡Que te dejas los huevos! En mitad de la calle esto da muy mala impresión, me doy un golpe en la cabeza, como si lo que hubiese olvidado son los donuts y recojo los tres huevos duros para el hornazo.

Básicamente hacer un hornazo es fácil. Marcos, que hace de profe, nos va guiando y el suyo tiene buena pinta. No se, exactamente, el momento en que la gallinita que debería salir comenzó a transformarse en una mutación de animales fantásticos. Mi hornazo parecía un ornitorrinco en posición de celo enfermizo cuando debería ser un cisne estiloso. El Hipopótamo de Elisa eran bolas, con un ojo de menos y una oreja de más. Una mutación entre hipopótamo y hombre de nieve. Rafa parecía que podía llevar el suyo con cierta elegancia hasta que comenzó a pincharle con el palillo de dientes convirtiendo su gallina en la prima lejana del último unicornio. Nuestro arte aún no se ha sido entendido como debería, pero el año que viene nos salen “bordaos”. Por la tarde, otra sesión de procesiones. La Caridad.

 

Se acaba la sesión infantil. El miércoles dejo a Rafa en Lucena y recojo a Irene. La casa empieza a llenarse. Esta noche a la calle, nada de dormir tanto. El Prendimiento, tambores, San Juan de Dios. Mucha procesión. Por fin entro en el Impacto, ¡joder! Como cambian los sitios, aquí no hay más que niñatos. Me voy a la Peña, después al Tempo, no que le han vuelto a cambiar el nombre, ahora es el Buda.

 

Jueves. La última vez limpio en la casa. Me voy a la calle que hace un pedazo de sol. Terminamos en La Peña, allí de una y cuarto a tres el Lorenzo nos acompaña en el patio. Hacemos el lagarto hasta esa hora. Convencemos a Isaías de que se venga. Que sea Semana Santa no tiene nada que ver con quedarse a sujetar velas en el cumpleaños de la fobia de su hermano. Pásate que aquí hay unas niñas guapísimas. Se viene con Mariola, la casa parece otra, ya está ambientándose. La casa y todos, por que después de ponerme un traje en plan, coño que güeno estoy, me voy con Isaías de cervecitas. El Río para estas ocasiones no tiene precio, bueno si lo tiene pero no es caro, una cervecita detrás de otra, después al MOMA, y a la Peña, más cervecitas. La columna no es que haya pasado dos veces es que la veo doble.

¡Joder, los turnos de vela! ¡Venga a la casa! A darle al salchichón y al choricito todo lo que se pueda que mañana es viernes y parece que hay que acabarlo antes de las doce. A las doce y media, puntual, salimos a colocarnos en los turnos de vela. Cinco minutos más tarde me estoy muriendo. Quiero pensar que es la vela, que me marea con el humo, la aparto. ¡Una mierda! La Iglesia llena mirando el Cristo, la virgen de frente, el verdugo que parece que se me pega. Soplo. ¡Ozú que malo estoy! Miro a un lado, a ver si aparece Sonia, la que organiza, y le hago gestos de que me voy. Ni Dios, una iglesia llena y me voy a caer redondo encima del Cristo. No me jodas, pues no que se me repite el chorizo, si sabía que no debía haberme comido toda la tripa. A ver si van a ser los seis o siete tercios, no, no creo, ¡habrá sido la cena! ¡Joder que me caigo! ¡Mejor cierro los ojos y voy respirando con tranquilidad! Debe quedar poco.

¡Pom! ¡Pom! ¡Pom! ¡No me lo puedo creer! ¡Por fin se acaba! Me estaba quedando frito. ¿Me estaba?

Me voy a la casa, dejo la túnica y para la cama. Todo lo más veo salir Los Dolores y ya está. Los Dolores, una coca cola, un algo ligerito, y para la casa. Para la casa, que te vayas para la casa. Y no se como lo hago que me dan las cinco de la madrugada. Irene me dice: Te llamo a las siete y media y nos vamos a ver… ¡Como me despierte alguien lo mato!

 

Viernes Santo. Las ocho y media y me despierto. Pues no que estoy hasta nervioso. Cachondeo generalizado en la casa por los turnos de vela del día anterior. Esta manía de no callarme nada es lo que tiene. Me voy a ver a los turutas. Desayuno en el Rio con Isaías, a las once en la puerta de San Francisco. Me extraña que Daniel no haya llamado, no hay problema, se conoce el recorrido tan bien como yo. Lo voy a ver. Poco antes de las once comienza a llover, no pasa nada, escampa. Si, escampa, ¡una mierda! Chorreando hasta el Calvario, delante-detrás-al’lao, del Nazareno. Llevaba años de no llover así, pero como digo, ¿la gente es que no tiene memoria? ¡Nunca ha llovido tanto! ¡Te quieres ir por ahí! Que yo si recuerdo con doce o trece años un chaparrón del copón, lo que pasa es que en aquella época no podía ponerme donde me pongo ahora. Subimos los tres con el Nazareno, los tres, Daniel, Irene y yo. El resto de la familia se quedan a mitad de camino, otros los ven por televisión, desde luego… El día, a veces, tiene claros, lo mismo hasta sale mí procesión. A ver. Por si acaso y recordando la noche anterior me voy a la casa, paso de ver el Nazareno encerrándose. Me pongo a comer ensaladilla, y después hasta postre. Me siento un poco, me lo voy tomando con calma y ¿como es que estoy ahora otra vez en el compás de San Francisco rodeado de una muchedumbre y con un trono que se me viene encima? ¡Lo estoy soñando! ¡No! ¡Estoy ahï! Lo veo encerrarse y de nuevo para casa. Por fin una siestecita, estoy reventado. Llega mi hermana, llega mi sobrina, llega mi prima Olga, llega Raquel, llegan mis tíos. Los ojos se me caen y no consigo dormirme. Me levanto, beso, me siento, los ojos que se cierran, la puerta, otro beso, me caigo, la puerta otra vez….

Al final no hubo procesión, bueno falso, yo si salí. Anduve unos trescientos metros y a encerrarse otra vez. Fue mala suerte que se pusiese a llover nada más salir el Entierro. Luego nada de nada, ni gota de agua. Así que a descansar de nuevo en el sofá. Cogí a mi madre de almohada y una cabezadita. Después de aguantar varias veces un:  ¡vete a la cama! De todo el mundo, me levanté y terminé en el Buda. Se suponía que yo me acostaba temprano, pero no hay manera. Las tres y por que los niños se cansan pronto.

 

El sábado se acabaron las procesiones. Me vine a Córdoba con Lidia y a las dos estaba trabajando. Ni siquiera saque la ropa de la bolsa.  La semana santa había sido completita, ya solo faltaba “El Resucitado”. No está entre mis favoritas. Supongo que eso de ser del Entierro tiene sus cosas. Resucitar es cosa de dioses, yo a quien acompaño es a un hombre. Y creo que para celebrar que hay vida lo mejor es disfrutarla, así que mandé un mensaje de aviso, algo así como “por favor confirmadme que estoy vivo” y Dios me manda un mensaje, que llega tarde pero llega, para reencontrarme con la vida, para decirme que lo de la resurrección no es tan difícil. Que solo tiene que llegar la Aurora para que el milagro se produzca. (Joder que místico que me estoy volviendo).

 

Así que de esa forma iba yo el domingo, medio resucitado. En lugar de hartarme de dormir, me cambiaron los planes, fue algo tan especial que no he dejado de sonreír en varios días. Esa cara de tonto-alelado que a veces se te queda sin saber muy bien de donde viene, la he paseado unos días. En el trabajo se asustaron, pero ya no intentan comprenderme. Me aceptan como soy. Eso sí, a las nueve y media estaba en la cama.

 

Ahora viene Mayo…

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