Nihil nobum sub sole

            Acabo de comer. Me he pedido un café y me he apoyado en la barandilla de la casa mozárabe. El sol va despidiéndose. Puedes ver como baja. De bombilla a mandarina en treinta minutos. No he olvidado el paquete de tabaco y ha caído un habanos. El humo se va perdiendo entre los rayos-gajos que desprende el sol. Mi cara, con el calor agradable, se sonroja. Esta vez no es de vergüenza.

            Me cambia el ánimo nada más ver el sol. De pequeño estoy seguro que caería algún que otro paseo antiraquitísmo, de esos que se dan al amanecer para que el sol le llegue al bebé. Eso, y nacer en medio del verano, debe ser suficiente para que uno le tenga tanto cariño.

 

            Está oscureciendo, pronto las sombras se hacen las dueñas. Pero hay Luna llena. Hoy me va a costar desanimarme. De un sol pletórico a una Luna oronda.

            Quizá no hay nada nuevo, pero simplemente eso debería bastarme para dejar de lado estos días grises. Hoy ha brillado el sol y esta noche tenemos Luna.

            ¡Que más se puede pedir!

 

            ¿Una tableta de chocolate?

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