El Puerto Rico

            Sigo envenenando mi cuerpo. Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Está teoría que es la que seguía cuando iba de excursión, pegando mochilazos por las sierras, empiezo a ponerla en duda. Estoy pensando que lo que no te mata, no te hace más fuerte, si no que te mata más lento. Son las nueve y me he metido dos dosis de un purgante general. El primero a las siete, nada más llegar a la estación. Carlos prefiere ir al Gabri, no es que sea un café especial pero no esta tan malo como el que nos acaban de poner. Tomás, después de dejar los cafés en la barra, nos ha mirado con cara como de esto es lo que hay, la máquina no da más¸ y se ha retirado pidiendo perdón. Para uno, que se ha forjado en cafés mañaneros de ETEA, el suicidio colectivo al que nos aferramos los de la estación cada mañana no es algo fuera de lo común; sin embargo, el pobre de Carlos, acostumbrado a los cafés de su casa, al cuidado de la madre y de su esposa, no ha podido aguantarse y después de sonreírle al aguachirri que tenía delante ha llamado a Tomás y le ha dicho que algo así como: ahora mismo me estas cambiando el café y me lo haces de la otra máquina o te lo bebes  tú. Tomás, que bastante tiene con ponerlos para encima tener que probarlos, le ha retirado el café, me ha preguntado con la mirada si quería que retirase el mío, y después de negárselo con una mueca ha ido a dedicarle más de un minuto a preparar el café para Carlos. Se ha esmerado, le ha salido un purgante bastante decente, de estos que le echas el azúcar y tienes que esperar un rato hasta que cae. Con su espumita y todo.

            Los demás, los que nos bebemos el café sabiendo que algún día será parte de la causa de una defunción prematura, solo podemos echar en falta otros tiempos. Para mí, en cuestión de cafés mañaneros, para la opción tarde solo esta El Abuelo, no hay nada como el Puerto Rico. Llegar media hora antes de la entrada de clase, cuando aún no habían abierto, dejar el coche y caminar a la acera de enfrente, asomarse a la reja entreabierta y ver que Sebastián estaba encendiendo la cafetera, y como a voces, desde la barra, llamaba a sus hijos. Los primeros cafés que aparecían eran dos solos. Sebastián solía ponerle un chorrito de brandy, un 103 que a veces se empeñaba en echarme a mí también. Para tomarse el primer café en el Puerto Rico era necesario, más que una cuchara, un cuchillo y un tenedor. El café, espeso como pocos, despertaba a los habitantes de La Salud, de San Rafael y los que estuviesen por llegar a la Fuensanta. Después sacaba un cigarro, se lo dejaba en la boca y no lo encendía hasta que no le daba al menos dos sorbos. Me pegó esa costumbre. El día podía venir como le diese la mismísima gana, podía ser aburrido de solemnidad, pero dormirte… no te ibas a dormir. Al Puerto Rico solo iba a primera hora de la mañana, cuando no tenía que pelearme con nadie para decidir sitios. De mis compañeros creo que solo Pepe entró alguna vez. No les gustaba tenían esa manía de llamar “cutre” a los sitios con historia.

 

            El día que lo cerraron yo llevaba dos años de no aparecer por allí. Después, cuando comenzaron a hacer las obras en la carretera de Trassierra, tiraron todas las casitas que había. Y ahora los muertos de San Rafael tienen con ellos al mejor cafetero de Córdoba.

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2 respuestas a El Puerto Rico

  1. Aury dijo:

    Con el aroma y el sabor de un buen café, como los que yo me hago aquí en mi casa, te escribo estas letras. Me voy de visita, con mis padres, por esa tierra que me vió nacer, a llevarles flores a mis dos abuelas, que están como el mejor cafetero de Córdoba , descansando en paz.
    Un beso

  2. Natalia dijo:

    Mira que casualidad….yo también estoy tomando un café, claro que no tan malo, a mi me salen buenisimos, este es de la tarde, ya llevo cinco hoy, el primero fué a las seis de la mañana, fea costumbre que tengo, levantarme tan temprano, llevarme el café a la cama y tomarmelo mientras pienso en mis cosas. Un beso

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