Ritual.

Unos metros antes de llegar al portal sube la pierna derecha, la pasa al otro lado de la bicicleta y llega sigue apoyado en el pedal izquierdo. Frena y da un pequeño salto. Busca en el bolsillo las llaves. Tiene muchas y se hace un lío. Unos segundos hasta que da con la correcta. Abre y mira el buzón. Siempre mira el buzón. Coge la bicicleta con las dos manos y va subiendo las estrechas escaleras. Juega a no rozar la maltrecha pintura. A veces pierde. En la segunda planta apoya la bicicleta. Abre la puerta. Ahora no duda en la llave. Levantando la bici a una rueda entra en casa. Cierra la puerta. La cuela en la horquilla que hay para el uso. Ni siquiera ha soltado la mochila pero ya se dirige al sofá. Allí está ella. Hablando por teléfono. Su beso se escuchará en Fuerteventura.

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La foto.

SanBenito

San Benito.

Tú entras en un museo, en una exposición, en un evento y es fácil que te encuentres un cartel donde te impidan usar el la cámara, a veces solo el flahs. (Opción que si por mi fuese lo ponía en todos.) Es un aviso normal en este tipo de lugares.  Quizá pensamos que un móvil no es una cámara, o sea que puedo hacer fotos con la tablet, con el móvil. Pues no. No se pueden hacer fotos de ningún tipo.  Pero claro, los avisos están para saltárselos. Así que cuando llegas a un museo, un poner: “El Prado”, no puedes hacer fotos. ¿Lógico verdad? Para nada. Allí quien mas quien menos saca su cámara, y disparaba indiscriminadamente, por no hablar de los móviles o los selfies del tipo: Yo estuve con las meninas. ¡A ver gilipollas! ¿Tú a que coño vas al museo? Si no se puede hacer fotos no se puede. Y si quieres te compras cuarenta postalitas de los cuadros y te las pones como si fuesen los billetes de San Benito para hacerte una foto. Pero respeta a los demás que estamos viendo tranquilamente las obras.

A mi, que me gusta una foto mas que a un tonto un lápiz, me he venido del viaje de Madrid con las justas. Alguna que otra en la calle pero pocas por eso de ver más que hacer y por su puesto porque la mayor parte del tiempo la he pasado en exposiciones o museos. ¡Vamos! Harto complicado ir disparando la cámara, por que uno, por muy cafre que sea a veces, es medianamente coherente con las reglas. ¡Y si no se puede no se puede! Total que me he quedado con las ganas de hacer cuarenta mil fotografías a los cuadros del La galería OnLine es chulísima., a los del Reina Sofía y a algunas fotografías que había. (Excepción de la exposición de Matadero que estaba al aire libre y era “casi obligatorio” hacer fotos.) Ahora, eso si, estoy en la página del Museo cada dos por tres, bajando cuadros, recordando y viviendo otra vez lo visto a través de twitter, facebook, e incluso whatsapp. Es un puntazo que en el día a día te encuentres con detalles de un cuadro que conoces, que quizá en su día no te diste cuenta. Visitar un museo y quedarte con todos los detalles es imposible, pero para eso tenemos la opción de volver a ese museo cada dos por tres aunque sea a través de la red.

El caso es que con la de posibilidades que se nos ofrecen no me explico que la gente coja su cámara, o móvil, o tablet, y se ponga a disparar indiscriminadamente a los cuadros. ¡Para fusilarlos! (Bueno… pero solo disparos con flash.) 1439127461885Que conste que la foto está hecha con una app del museo del Prado.

 

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La pescadería.

Entra en la pescadería mirándolo todo. Hay dos personas por delante y pide la vez. Mientras espera su turno se mueve de un lado a otro mirando el género, curioseando los precios, la calidad. Observa cada cartel de el recinto. Otras personas llegan y él les da su vez. Cuando alguien pregunta se erige en portavoz. La pescadería está llena y el pescadero por fin le pregunta que desea.

  • Pues… verá usted. Es que voy a preparar una cena para mañana porque viene mi hermana y su marido. Mi cuñado es muy delicado y no le gusta comer cualquier cosa así que he pensado en empezar con una ensalada. ¿Sabes usted a cuánto podría salirme una lechuga fresca? Así como para una ensalada decente, con su poquito de cebolla y su vinagre y eso… ¿Creo que será lo mejor la cena? ¿ No cree?
  • Verá usted. No sabría decirle. Yo le pondría un poquito de atún fresco a esa ensalada que aquí mismo tengo uno muy bueno…
  • ¡No! No. Mi hermana odia el atún. Aunque quizá unos tomates cherry, o una vinagreta con su perejil si que esté bien. Después había pensado…
  • ¡Una lubina! – Interrumpe el tendero que acaba de ver como una señora ha entrado y se ha marchado sin pedir número al ver la gente que hay en la pescadería.- Tengo unas que están fresqu…
  • ¡No! Verá usted casi preferiría algo de carne. Pero que no sea muy grasa.

El pescadero le hace una mueca. Intenta interrumpirlo pero el tipo sigue hablando.

  • ¿Cuándo cree que podría estar unos filetes de ternera ligeros? Eso le gusta a todo el mundo. Seguro que así quedaría bien…

Los clientes empiezan a impacientarse. La educación del pescadero le impide decir en voz alta lo que piensa en ese momento del tipo que tiene delante y aún no le ha pedido ni perejil. Pero la animadversión del resto de la clientela lo anima a volver a interrumpir al tipo que aún no se decide.

  • ¡Oiga! Verá usted. Esto es una pescadería. No sé si se ha dado cuenta. Aquí vendemos pescado. A veces si no tenemos prisa podemos permitirnos una parrafada con la clientela pero ahora mismo… ¡Ya ve usted como estamos! –Señala la pescadería y la clientela – Así que si se decide usted por una pieza o me dice exactamente que puedo venderle pues genial… Si no… Mire usted, ¡que no tengo tiempo!
  • ¡Que desfachatez! ¡Que yo he venido aquí a comprar!
  • Y eso espero que me diga. ¿Qué quiere comprar?
  • Pues verá usted… Es que tengo una cena con mi hermana y…
  • ¡Siguiente!

Y esto, que parece una gilipollez, a mi me pasa constantemente. Aunque no tenga una pescadería.

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Pharmaton.

Acabo de meterme entre pecho y espalda la última pastilla de pharmaton. A partir de mañana vuelvo a mi rutina normal. No me gustan las pastillas pero también se que ayudan. Y últimamente necesitaba mucha ayuda.

Según el prospecto es aconsejable en estilos de vida muy activos, tanto física como mentalmente (estudios o trabajo), también para dietas desequilibradas y en cambios de estación, primavera, otoño… ¡Vamos que me viene de puta madre! Porque lo de actividad física puede que no esté a la altura de Javier Gómez Noya pero la capacidad mental, sin ser un Einstein, se tira todo el día maquinando (si bien es cierto que en tontería y cosas nada productivas.) Y… ¿que me vas a decir de la dieta desequilibrada? Solo por eso ya es imprescindible la pastillita con pinta de píldora chocolateada. Mi dieta no es que sea desequilibrada, es que es la puta montaña rusa de Coney Island. Así que desde Mayo, que me llegó una primavera un poco revuelta he estado tomando estas pastillas. El mes de Córdoba lo di muy bien. Lo dí tan bien que pensé que no iba a necesitar ninguna más. Así que a principios de junio cuando acabé la caja que compré para aguantar los días cordobeses por excelencia no tenía intención de seguir. ¡Hasta que llegó Rafa! Me entró el cansancio de nuevo a la semana de estar rondando por casa. No el cansancio físico, que ese lo tengo más que controlado y es difícil que me venza. Era esa sensación de no poder controlar. Rafa ocupa mucho espacio, pero no hablo de su habitación, o de que lo deje todo por medio, ni siquiera de que intente dormir en mi cama cada dos por tres o se tumbe en el sofá ocupándolo todo, no. Rafa donde ocupa mas espacio es en mi cabeza. No hay nada durante estas últimas seis semanas que no se haya hecho pensando en él. No solo comida, o diversión, incluso mis salidas que han sido mínimas han estado pensadas para él. Los días en el trabajo, alguna salida mínima como el concierto de la Axarquía (aquí, al lado de la casa), una cerveza en el bar de la esquina o incluso al ir a comprar el pan, siempre estabas pensando en como estaría él. Por que una tontería tan grande como ir a comprar azúcar a la tienda de al lado puede tener una serie de historias derivadas que hacen impredecible el final. (¿Quién me dice a mi que no puede pasar como la canción de los Celtas Cortos y coger el autobús y terminar con un hijo jamaicano?). Así que el pharmaton me ha venido genial para estos días. Es curioso que con lo malo que soy yo para recordar tomar las pastillas he olvidado muy pocas. Alguna que otra por que deberían terminarse el día veintisiete y han llegado al treinta. (Pocas comparado con el despiste generalizado que suelo tener en cuestión de medicinas.) El caso es que hoy ha caído la última

A partir de mañana empiezo en el trabajo de nuevo. No es que no vaya a necesitar ese “aporte extra” de vitaminas, o ginseng o lo que lleve la pastilla esa, seguro que si. Lo que pasa es que ahora llegando el mes de Agosto, la previsión de calor que tenemos, incluso la variedad de actividades que se vislumbran en los próximos días… pues que no voy a necesitar estar al cien por cien. Que ahora lo que toca es relajarse. Trabajar, leer, salir, limpiar, viajar… cualquier cosa que he estado haciendo antes, lo mismo porque mi vida no cambia de manera escandalosa pero en mi cabeza todo vuelve a cuadrar con mucha mas facilidad. No se si conoces esa sensación que tienen los padres cuando en los primeros pasos los pequeños se acercan a los juegos de parque y comienzan a subir por toboganes, a intentar escalar sogas azules, o trastabillear entre puentes que se antojan mas peligrosos que algunos de Indiana Jones, el caso es que tienes que dejarlos a su bola, que suban, queindiana tropiecen, incluso que se caigan, siempre que la altura no sea mucha, pero en todo ese momento tú estás en tensión, viendo como se van desarrollando los actos, pendiente sin querer estarlo, a un paso de saltar y amortiguar la caída si está subiendo mucho, a una mano de que te pida ayuda para tirarse del tobogán, que resulta ser mucho mas grande cuando se está arriba. Esa sensación es la que he tenido en las últimas semanas.

No es que se vaya, ahora que empieza agosto, esa sensacion la vas a tener toda la vida, pero si que se ralentiza. Como cuando va al colegio. Allí no pasa nada, y si es algo grave hay gente pendiente y ya avisarían. El caso es que ahora si estoy cansado solo tengo que descansar, si como mal solo tengo que hacerlo mejor, sin pensar en lo que le apetece al pharmaton-complex-60-caps-60-capsresto, y si el cambio estacional me atormenta… Solo tengo que quedarme en casa, o salir, y hartarme de reír o llorar hasta que me plazca sin necesidad de tener cara de poker y aparentar saber todo lo que conviene.

Pues eso… que hoy se acaba el pharmaton, lo menos hasta otoño que empieza el otro cambio estacional.

 

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28 de julio.

Nunca pensé en cumplir cuarenta y tres años. Bueno… es falso, si lo pensé. Nunca pensé en cumplirlos después de los dieciocho y hoy, me han cantado el cumpleaños feliz varias veces. Incluso desde la cama.

Tengo suerte. A veces se me olvida y, como esta mañana, pienso que cumplir años es una maldición del señor. Para nada, cumplir años es la única manera que tengo de llegar a viejo. Y aunque no sea una de mis prioridades si que necesito tiempo para hacer muchas cosas, y cada vez quiero hacer muchas mas. Entre otras… Tomarnos esa cerveza que estamos retrasando, así que ya sabes… Hoy es un día genial para hacerlo, pero no hay que estresarse, si no cae hoy, mañana, o pasado. El caso es vernos y contarnos.

Nos vemos. ¡Gracias!

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Pescado.

Estaba esperando en el paso de cebra a que el semáforo se volviese un tipo verde y andarín con pinta de gnoma cuando me preguntaron la hora. Me giré y vi a un pez. Exactamente una pescada era la que me miraba fijamente. Miré mi reloj y, mas sorprendido que temeroso, le dije que era la hora de la cerveza. La una y media concreté. Seguía mirándome con atención. Entonces la misma voz que me había preguntado la hora volvió a responder: Gracias. No era la pescada quien hablaba, era un tipo alto que la sostenía. Los dos comenzamos a andar a la vez cuando apareció el gnomo del semáforo. La pescada llevaba mi ritmo. Era agradable sentirse observado en la calle. ¡Si! Siempre pensé que sería una chica con escote impresionante y guayabona la que me giñase un ojo y estuviese pendiente de mi pero ahora, con los años, casi prefiero que sea una pescada la que me ponga ojitos. La hora de la cerveza pensé. Le pregunté al tipo que acompañaba a la pescada si estaría de acuerdo en suscribir algún tipo de contrato con mi persona. Que me había gustado su pescada. El me dijo que no tenía inconvenidnte, pero que ella era libre para ise con quien quisiera. Entonces parando al tipo miré el pescado y le pregunté si le gustaría venirse conmigo.

Aceptó encantada y ahora los dos andamos por las calles. Los días de lluvia está radiante.

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Volver a casa.

Abro la puerta y me encuentro a la rutina. Está esperando como una maruja cabreada. Los brazos en jarras, la pierna derecha golpeando impaciente el suelo una y otra vez. Como si acabase de venir de una juerga a las cuatro de la tarde y la comida ya se hubiese enfriado. Intenta arrastrarme a los quehaceres diarios. Lavadora, limpieza, plantas… Tiene una lista interminable de cosas pendientes. Me dirijo hacia ella y la abrazo, le doy dos besos cariñosos y la despido.. Le tenía ganas pero aún no es el día de empezar a llevarla como bandera. Me quedan unos días de vacaciones. Seguro que vuelve pronto, pero hoy no.

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Correr no es de cobardes.

No hay ganas. Pero la inactividad en el sofá ya no encuentra mas justificaciones. Ni siquiera la lectura te lleva de viaje. La pereza gana a la imaginación. Un cuaderno al lado. El bolígrafo separa una página en blanco de otra que lleva datada varios días. Incluso la música parece confabularse para que las piernas se sitúen en el suelo en vez de seguir en posición horizonal. Sade es la que canta y parece empeñarse con su voz dulzona en que también me levante. Aunque sea para quitar el ipod.

Sierra de Aras. Curva de la Paella.

Sierra de Aras. Curva de la Paella.

Como un resorte al que le ha llegado la hora de disparar el muelle me levanto. Las zapatillas están cerca. Solo necesito calcetines, un bañador y una camiseta para salir a correr.

Nadie en la calle. No son horas. El parque está solitario. El sol es el rey. Mas que una carrera lo mio es un trote cochinero. Ni siquiera llevo medio kilómetro y ya tengo la camiseta empapada. El sofá, ese elemento que antes se mostraba hostil parece ahora, mientras voy llegando a los setecientos metros un amigo del alma. Sigo corriendo. ¡No! No va a poder conmigo la pereza. Necesito moverme, salir de los pocos metros cuadrados del salón. Mil quinientos metros. Siempre que salgo a correr con calor recuerdo a aquel irlandés que estuvo tres semanas en coma por un golpe de calor. Pero no. Yo voy preparado. Voy con … ¿ganas?. Estoy para llegar a los kilómetros. En mi cabeza hay dos tipos. Uno blanco, otro rojo. No se ponen de acuerdo. ¿Otra vuelta? ¿Otra siesta? Ni siquiera se cual me dice una cosa u otra. El de rojo debe estar como en casa con este calor. Mis pies trastabillean. No es necesario pensar. Son ellos los que me devuelven a casa antes de tiempo. El sofá me espera.

Correr no es de cobardes, pero de muy listos tampoco.

Ducha y siesta del obispo. Habrá que preparar la comida.

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Masterchef, televisión y Rafa

Que dice Rafa que ya va siendo hora de hacer una entrada. Una de esas en la que salga él. Me lo dice, cambia dos veces la televisión (con una película medio decente en La 1 y Montalbano en La 2) para terminar poniendo la  final de MasterChef. Mientras tanto se mete un bocata de de lomo con mahonesa y se descojona con las tonterías de los cocineros que, para colmo, ya hemos visto.

Le pregunto que de que quiere que escriba. Me responde que no sabe. Que le da igual, pero que quiere aparecer en la entrada. Lo dice con la boca llena y mahonesa en el bigote. Que podría hablar de Mastercheff, ya que es lo que estamos viendo.

A mi el programa no me gusta. Desde el primer día, que no lo vi pero me enteré de lo que era un león comegambas, sabía que no era mi fuerte. Luego… bueno después de ver los dos últimos programas con Rafa tengo que reconocer que tiene su punto. Que no lo voy a ver en la siguiente edición pero que si a este le gusta y al menos encontramos un tema de conversación… ¡Bienvenido sea el puto programa! (Si no puedes con tu enemigo únete a él.)

Coincidimos los dos en que lo mejor que tiene Sally, la finalista del programa, es su marido. Un tipo que le dice a la pequeñaja que choque la mano con el rival y después le desea suerte al contrario, tiene todos nuestros respetos. Todo lo contrario que la competitiva de su esposa.

También nos gusta la novia de Carlos. Tiene braquets, como Estrella. Aunque nuestra predilección se la lleva Eva González, por completo.  Ahora empieza el problema. No porque empieza la final de MasterCheff en el Clan, si no porque hay que recoger la mesa y todo lo que hay lo ha dejado Rafa. Le toca recoger y ya empieza a desmarcarse. El tío para colmo me pone los dientes largos, así, como el que no quiere la cosa me dice que sigue en instagram, y lo sigue a él también,  la tipa esta, Andrea, la tercera finalista del equipo.

De momento espero que le de el punto y me cambie la televisión aprovechando que ya ha terminado de comer. Me enseña el móvil. Es cierto, Andrea sigue a Rafa en Instagram.

¡Ya empezamos con los problemas! Lee lo que llevo escrito y ya está la censura en marcha.

– ¡Papá, ya! ¡Borra lo de la mahonesa! – Me insiste mientras empieza a escuchar a un youtuber en el móvil. – (Y diráss que que es lo de la mahonesa para tener que borrarlo.  Así que ya sabes quien manda en este blog.  Mando yo que para eso lo he vuelto a editar.)

Creo que mejor dejo la entrada y empiezo con  una película. Este se me acopla al lado y me critica cada linea que voy escribiendo. ¡Un coñazo! Y así no hay quien escriba.

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¡Madre de Cristo!

¡Como unas castañuelas! En el sentido que quieras puede leer esta primera frase. Tan alegre como unas castañuelas, de esas flamencas que van de la mano de un niña gitana y suenan bien. Así estaba ayer cuando salió del templo de San Pedro la imagen de La Soledad de Priego. El vello de punto, como escarpias. La cámara disparando fotos como si fuese una Rock and Roll Star. Desde el Viernes Santo que no estaba así.

Eso si… si quieres también puedes pensar que estaba como unas castañuelas, de esas que el mes de diciembre están calentitas y agradables que pasas de mano en mano para reconfortarte el cuerpo. Con el inconveniente de que ayer era junio. ¡Calor! Una mijita. Hay que ve que huevos valor le echan estos de la cofradía para ir con traje negro a las ocho de la tarde por las calles de la Axerquía de Córdoba.

Soledad a su paso por Plaza del Potro.

Soledad a su paso por Plaza del Potro.

El caso es que ayer con esa historia que se inventó el obispado consiguió hacer felices a muchos cordobeses. Tengo que renconocer que no tenías todas conmigo esa de la Magna Mariana. Que después de como se dio las procesiones de la Fe hace unos años… No sé. Pero desde luego ayer fue uno de esos días grandes que se quedan la retina. Impresionante el paseo de la Soledad. ¡Que gustazo! Con gente de Priego y Córdoba mezclados en la calle Lineros, paseando a su vera, acompañandola hasta la carrera oficial.

Luego… Bueno, no puede llover a gusto de todos. Una vez dentro de la Mezquita, perdón Catedral, se les fue la mano a los curas, o el tiempo o lo que sea pero el caso es que parecía que tenían retenidas las procesiones. Lo entiendo, yo hubiese hecho lo mismo. Lo que pasó fue que entre una cosa y otra no empezaron a salir hasta muy tarde, muy, muy tarde. Pensaremos que fue un despiste de organización en vez un gusto que se dieron los que ya estaban dentro. (Nunca me ha cuadrado a mi eso de una carrera oficial en el que fuese obligatorio entrar a un templo donde no puede acceder todo el mundo.)

Cuando el Sol se apagó pareció dar una tregua y entonces si, entre terracitas, procesiones y Córdoba volvía a ser esa ciudad acogedora donde se puede mezclar un gintonic con una marcha procesional.

Un gustazo el día de ayer. Estaría bien eso de repetirlo, a ver si en la próxima les da a los Aracelitanos por apuntarse. Conmigo que cuenten. Aunque por este año… ya esta bien de procesiones.

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