Increible-ble

Quizá tener un hijo adolescente hizo que hace doce años terminase por aborrecer a Los Increibles. Una y otra vez son muchas veces para un padre. Pero luego llegaron los diez, los doce, los catorce años y entonces del odio al amor hay un paso. Los increíbles se convirtieron en un película, no familiar si no, de la familia. Así que esta segunda parte era de obligado visionada nada mas salir.
Íbamos con un poco de miedo, eso de las segundas partes ya nos había pasado con varias: Doris, y Car fueron las últimas secuelas que no nos dejaron buen gusto. Pero hoy hemos salido del cien como Dash, gritando eufóricos por el peliculón que se ha marcado Pixels.
0019171556Después de lo acontecido con Síndrome en la primera parte la segunda deja a los Parr sin casa. Un acaudalado defensor de los “Supers” ofrece a Frozono la posibilidad de volver a legalizar a los héroes. La historia cambia de protagonista y es entonces Elastigirl la encargada de salvar vidas y objetivos mientras Mr. Increible las pasa canutas con los problemas familiares.
Una historia increíble que nos hace reírnos con las travesuras de Jack-Jack y con nuestra familia favorita de “Supers”.

(Si Jack-Jack ya era mi favorito antes cuando se junta con Edna Moda… ¡Es desternillante!)

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46

Creo que ya dije en una ocasión que de pequeño leí que  una de las profecías de Nostradamus con respecto al final del mundo la ajustaba al 28 de julio de 1999. Uno, que es de natural crédulo, junto con las cientos de profecías, destinos, leyendas mayas, aztecas, o filiputienses que también predicaban para el inicio del milenio un apocalípsis no pensaba pasar de los 28 años. Pero luego resulta que la vida sigue y van pasando años. Y entonces llegan los 36 y crees que la vida será una calvario, que te acaban quitar la cal y solo tienes la arena. Pero incluso el 2008 trae, aunque tarda, gente y ganas. Tantas ganas que va pasando gente, y risas, y llantos, y celebraciones, y vida. Tantas que ya han pasado diez años. Y este año, que ha venía cargado de arena, también trae su poquito de cal. De momento el mes de julio va a ser de esos que se quedan para enmarcar. Vacaciones, festivales, viajes y… 46 tacos. El otro día, con Loquillo subido al escenario y20180727-IslaGo-Festival-2018-horarios uno coreando sus canciones, cumplí esa cantidad de años.

Atrás ha quedado el IslaGo, que fue un regalo de Mariola. Un fin de semana buenísimo escuchando grupos que me gusta, cervecitas a medio día, desayunos en familia, y playa. Y encima, antes de terminar, quedan pocos minutos mientras escribo, al volver me encuentro un regalazo, perdón dos: El primero una sahariana que llevaba mucho tiempo buscando y Estrella se lo ha currado. El segundo es de Rafa, que se ha mareado poco comprándome una taza de Zelda. Como si fuese fan aferrimo de Link.

Ya digo, no me voy a quejar de este mes y para nada de los últimos días. Ahora viene agosto y tiene buena pinta. Muchas cosas pendientes pero sin prisas. Ya veremos. No es que no sigan entrando las de arena, que vienen, pero hemos aprendido que también nos pueden venir bien. Siempre podemos hacer barrito bueno.

 

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La acabadora.

RetoJulioEl reto de julio decía: “Un libro que escojas por la portada”. ¡Chungo! Primero por que cada vez compro menos libros en formato papel. Segundo por que no suelo escogerlos por la portada y tercero porque soy muy crítico con las portadas. (Una cosa es que no lo elija por la portada y otra que no me gusten.)

El caso es que estaba en Guadix y desde hacía varias visitas que tenía ganas de entrar la Librería Pipper. Me habían comentado que estaba chula y quería verlo por mi mismo. Voy decidido a no marearme mucho con buscando una portada que me gustase y comprarlo. Entonces me encuentro con el primer problema. Las portadas son una birria. La mayoría de libros dejan el exterior con poca chicha. Ya digo que soy muy crítico. Hay una editorial que me encanta (La isla de Siltolá) que tiene unas portadas muy pobres. No entiendo como, con libros tan buenos, no son capaces de elegir portadas decentes, casi todas sin sustancia. Sin decir nada. Y una portada tiene que contar una historia, o al menos, si no la cuenta, que me haga querer abrir el libro para ver que hay dentro de él.

El caso es que lo pensaba que era fácil, no lo fue tanto. De primeras solo me llamó la atención una portada y es de un libro que tengo: Legado. El perfil de un dragón es un buen método para llamar la atención. Si tu ves un dragón en la portada con ese detalle… ¡Tu tienes que abrirlo! Seguí curioseando y… me encuentro una niña que me mira mientras paso el expendedor con la mano izquierda. Me recuerda aquella foto de Steve McCurry, esa de la niña afgana de ojos verdes en el National Geografic, pero parece anterior. Unas velas muestran su cara en un claro oscuro impactante. Miro con detenimiento el libro, es pequeño, ni doscientas páginas. De ediciones Salamandra. En la cabecera con letras blancas sobre fondo rojo, el título: La acabadora. Mas abajo, con letra menor, la escritora: Micherla Murgia. Ni conocía el libro ni a la autora. Pero la niña que está tras las velas sigue mirándome. ¡Decidido! Este es mi libro. LaAcabadoraPor

La fotografía que tanto me ha gustado es de Carlo Bevilaqcua. (Que coincidencia, pariente del Subteniente Vila). Es una fotografía de 1955. Después he curioseado un poco sobre el tal Carlo. (Aquí el enlace mas completo.) Bevilaqcua cuenta cuentos en cada foto. Al menos en la mitad de ellas. En las otras se dedica a la imagen por la imagen, edificios, sombras, todo aquello que le llama la atención y ve precioso. La fotografía es ideal pero después de leer el libro te das cuenta que es mas que eso. Ese libro cuenta la historia de la foto.

La acabadora es un libro de costumbres. De esas que, como la protagonista, quizá no entendamos, pero que la vida, a la larga nos hace comprender. Con suerte mas tarde que pronto. Este libro es de los que se degustan de poco a poco, con capítulos cortos, sin título ni nada, solo por saber que vas avanzando y puedes dejar de leer sin agobios. Que quieres terminarlo pero no que acabe. Un libro que no se detiene en historias secundarias, en otros personajes, solo lo justo para que tenga sentido el devenir de las dos protagonistas: Bonaria Urrai y su fill´e anima, Maria Listru.

Un relato con dos ideas claras, la primera es muy fácil: No juzgues. La otra muy del gusto de James Bond: Never Say, never again. Un libro, a fin de cuentas, muy recomendable, no solo por la portada.

LaAcabadora

Carlo Bevilacqua, 1955

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Merlí y los peripatéticos.

Peripatético: Perteneciente o relativo a la escuela peripatética. Fundada por Aristóteles seguían básicamente sus enseñanzas. Situada cerca del templo de Apolo Licio los pensadores paseaban por sus jardines mientras reflexionaban. (Peripateín: Pasear)

La había visto zapeando por Netflix pero no me llamaba la atención. Después escuché un comentario bueno de mi hermana MCarmen, así que la recordé. Ver a Don Draper durante siete temporadas hacía que tuvieses que cambiar de aires. De los anuncios del Madison Avenue me pasé a las clases de Barcelona. Empecé a ver Merlí.

De primeras ya el nombre te choca. ¿No será Merlín? ¿Y encima un profesor de estosmerli_tv_series-963304265-large enrollados? No sé, no se. Pero terminé dándole una oportunidad al piloto de la serie y… ¡Me enganchó! Hoy, después de unos días intensitos he terminado la última temporada. Tengo aún el último episodio en la retina y en la garganta. Y antes de que se me olvide quiero escribirlo por si alguien no sabe en que perder el tiempo en esta época estival.

Merlí es un profesor de filosofía (esa asignatura que como diría uno de mis profesores a ti te sirve para hacer media pero a mi me da de comer). Llega a un instituto normalito, público, a una clase de primero de bachillerato, donde los problemas no son ni más, ni menos que los de todos los días. Los de la gente que conocemos. (Bueno, excepto el de Iván.) Problemas o soluciones que se van desarrollando con un nexo común: Un filósofo. Cada episodio tiene el título del pensador que ayuda a introducir o desarrollar el tema del que trate. Desde Aristóteles o Descartes (que entran en selectividad hasta filósofos mas actuales como Zizek o Heidegger los episodios de Merlí van desgranando esos problemas. La mayoría de las veces sin dar una solución. Por que lo importante de la filosofía, al fin y al cabo, no son las respuestas, si no las preguntas que nos hacemos.

Así que, sin decirte mucho mas de la serie, solo te recomiendo que la veas. Quizá algo nos enseñen los peripatéticos de Merlín. Luego… en tu mano está seguir o no las enseñanzas de la escuela de Peripatos de Bergerón.

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Weekend Beach 2018

Las alegrías del festival vienen desde Navidad. Mi amigo invisible me lo trajo de regalo en los camellos de los reyes magos. En el sobre traía la letra de mi hermana Lidia que, pasándose de presupuesto, me hacía un pedazo de regalo: La entrada del Weekend Beach 2018.

Desde el primer año, que lo disfruté como un enano, no había podido volver a Torre del Mar para ese festival. Los otros años había conocido el cartel, había visto fotografías del evento, incluso me había “arrimado” a las redes sociales esperando que una gracia divina me concediese una entrada por sorteo, por concurso de méritos, por gracia divina o por pena. No hubo manera. Este año, sin embargo, con las vacaciones en esa época parece que el apoyo filial fue, como siempre, la mejor opción.  Así que tenía entrada.

Este año empezó siendo muy duro y las circunstancias, sin mejorar ostensiblemente, si que han pasado a ser previsibles, menos alarmantes, había festival y podía pasar varios días en Torre del Mar. El miércoles, después de almorzar, tiramos para la playa Mariola y yo, de avanzadilla, como en aquel primer festival hace ya cinco años. Hasta ayer mismo que volvimos con Lidia e Irene para Córdoba.

El cartel del festival ha sido bueno. Quizá no espectacular pero si muy variado. Gente que no conocía como La Regadera, Green Valley o Dubioza Kolectiv me han encantado. Por fin he podido ver a Antílopez y We the Lion. He vuelto a disfrutar de Danza Invisible y el incombustible Ojeda,  El Kanka, Macaco, Celtas Cortos, El Canijo, La Pegatina. Otros que fui a ver por recomendaciones de otra gente como  Izal, Jimmy Clif, Dorian… Luego también vi, aunque fuese de refilón a Bumbury y el tipo ese de la música pachanquera… David Gueta. (Que en su favor diré que parece que tiene tirón pero es un mojón como una catedral.)

Al final lo mejor del festival no es el cartel, ni la música, ni la variedad de gente que encuentras allí. ¡No! Lo mejor es disfrutarlo con tu gente, con la familia, como es mi caso, con algunos amigos. Sumar experiencias y besos, y apretujones y bailar un tango serbio con la voz desgañitada cantando eso de: Loooo, lololo, lololo.

Lo único que me ha faltado para este festival ha sido mas gente para poder compartirlo. Así que… ¡Quizá el año que viene te animes y nos veamos allí! IMG-20180707-WA0029

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Crónica de un certificado.

Día 23 de abril. Lunes.

– Hola buenas tardes. -Le digo al cajero que me ha abierto en la sucursal de la Caja Rural que hay cerca del trabajo.- Quería un certificado de impuestos que se han cobrado de mas de la devolución de la clausula suelo que me han devuelto.

– ¿Ehhh?

– Un certificado para la renta.  Pero no el de todos los años si no el que necesito esta vez. A mi me devolvieron dinero de lo que se cobró de mas en la clausula suelo y necesitaba el certificado de intereses para la declaración.

– Pues… no sé. Yo te puedo dar el otro, el de la hipoteca, el que se ha cobrado aquí en la caja. ¿Has mirado en internet?

– ¡Si, si! Ya he mirado. Vengo por eso, por que en vuestra web no aparece esa opción. Me sale ese que usted dice pero eso no es lo que yo quiero.

– Pues eso… Eso va a tener que pedirlo en su sucursal. Aquí no podemos hacerlo.

Así que después de un rato me marcho de la sucursal que voy a llegar tarde al curro y no he solucionado nada.

Día 30 de abril.

– Hola. – Le digo a la persona que recibe en la Caja Rural Urbana 11.- Quería un certificado de… – La señora me hace una mueca como si fuese el feo de los Calatrava y le estuviese pidiendo cucarachas en vinagre- un certificado del cuadro de amortización hipotecaria.

– Eso detrás. -Se gira y me muestra a su compañera que conozco de otras veces.

-¡Vale! – Me adelanto dos pasos y me sitúo al lado de la silla de recepción.

La que me atiende es Olga. La conozco de las veces que tuve que ir a hablar con ella con motivo de mi clausula suelo.

– Hola Olga. – Le digo.- Quería un certificado…

Y vuelvo a contarle la misma historia que a las otras dos personas de la Caja Rural que me atendieron antes que ella. Prácticamente con igual resultado. Que si lo había mirado en internet, que si, que si ellos parece que no tienen acceso a hacer ese certificado. Pero lo van a pedir a Sevilla. Que por lo visto en Córdoba deben ser inútiles y necesitan para eso un permiso especial. Total que al final, viendo que no llegábamos a ningún sitio me aplazan para llamarme en los próximos días y decirme que ya lo tienen.

El día 11 de mayo, esperando alguna noticia de el certificado mando un correo a la tarjeta que me dio Olga para recordarle que necesito el certificado y aún no tengo noticias suyas. Dos o tres días mas tarde llamo por teléfono para ver si habían recibido el mail, (que sí lo habían recibido pero no lo habían contestado) y me dicen que están esperando. Que hay otra persona en mi misma situación y que depende de Sevilla. Que no pueden hacer nada hasta que ese certificado de amortización hipotecaria (a estas alturas me he aprendido el nombre perfectamente) lo envíen desde la sucursal madre o como se llame donde están los mandamases o pringaillos de Caja Rural.

A riesgo de ser impertinente vuelvo a llamar en los días siguientes para recordar que necesito el certificado, que es imprescindible para realizar la declaración de la renta. Siguen dando largas. Sevilla tendrá un color especial pero de cuentas o no saben o pasan. El caso es que es la única opción que me ofrecen. Tienen que enviarlo desde allí y ellos no pueden hacer nada.

Día 23 de mayo. Me doy cuenta que todas las solicitudes han sido cara a cara, por teléfono o vía mail. Decido dejarlo por escrito y para ello pido una hoja de reclamaciones. La pongo y de paso me voy a FACUA para comentarles la jugada. Allí me dicen que los bancos y cajas tienen dos meses para contestar las reclamaciones y que mejor que ponga otra reclamación con el formato de la Junta de Andalucía. Que esa que he puesto es solo para nivel interno y no sirve de nada. De nuevo vuelta a Caja Rural para solicitarles el formato de reclamaciones de la Junta y en el mismo día pongo dos.

A partir de junio tengo que reconocer que me pongo mas nervioso. Ha terminado la feria de Córdoba, la de Sevilla, El Corpus, no se que excusa me van a poner para no darme el certificado pero ya insisto prácticamente todos los días. Conozco a Guillermo que es quien suele coger el teléfono cuando pregunto por Olga, ya me se el nombre de el primer parapeto de Caja Rural, la que pone caras raras, Ana, y hasta me he aprendido el nombre de la directora que ya ha hablado conmigo alguna vez para hacerme partícipe de su vergüenza por no disponer de el certificado, se llama Inmaculada pero le dicen Concha.

Día 15 de junio. Tengo tres días de descanso que hubiese preferido pasar en Priego pero la cabezonería me lleva a primera hora de la mañana a Caja Rural. Saludo a Ana y voy a hablar con Olga. Concha también aparece al verme para reiterarme que no son ellos los que disponen de ese certificado y vuelve a contarme la historia. Les digo que hoy tengo el día libre. Que voy a hacer unas gestiones en Hacienda, visto que no hay manera de que me entreguen el certificado, quiero saber mis opciones. Y que después volveré para solicitarlo de nuevo. Que no me pienso ir hasta que me lo den, o me echen.

En Hacienda les falta decirme que soy tonto. Que no me preocupe, que haga la declaración sin esos datos. Ellos tienen cuatro años para reclamarlo y si se les pasa o no los piden… Eso que me llevo. (Se me queda la cara a cuadros. ¿Me está diciendo que defraude?) Que si cuando tenga el certificado quiero hacer la complementaria que la haga. Y si no… pues ya la pedirán ellos. (Si la piden.) La información me la facilita un tal Antonio de la ventanilla 22. Me voy de Haciendo sin pasar un mal rato. (Excepto por un navajilla pequeña que no sabía si pasaría el escaner.)

Lo mejor de la mañana es el desayuno con Juan Pablo y Olga (a esta le tengo mas cariño que a la de la Caja), en el GastroBar que antes era Arrow y ahora no recuerdo el nombre. Después… otra vez a la sucursal.

Me senté en el banco de espera. Y allí con mi libro de Tenesse Williams empecé a leer. La verdad hacía más el paripé que otra cosa. No enlazaba dos frases del rebote que tenía. A los cinco minutos llegó Olga, Concha y otra compañera que trabaja en la parte de arriba de la sucursal y con la que no he tenido ningún trato. Al verme la directora, Concha, me dice que la siga a su despacho. Vuelve a reiterarme lo avergonzados que están por esa situación y empieza a llamar a Sevilla. Le dan largas, la remiten a un tal Eulogio que después la desplaza al abogado de Caja Rural en Córdoba. A este tipo no lo localiza. Se queda sin opciones. Le digo que no la quiero interrumpir pero que no me voy. Que estoy esperando su contestación en la puerta de la sucursal. Son las diez y media.

A las doce y media, Concha, viene a decirme que es posible que pueda entregarme el certificado a la una y media. Mientras tanto sigo con Tenesse y de paso me entero de que Guillermo suele llevar la parte de seguros. Viendo que está ocioso le pregunto varias dudas que tengo sobre el mío. Me robaron la bicicleta y quería ampliarlo. Me dice que mi cobertura es muy buena y que no me interesa una ampliación, (vaya, parece que el tipo es legal) que si el robo es con intimidación si que cubriría el robo de bicicleta.

– ¡Ya! Pero.. lo que pasó es que me cortaron el candado. Ahora tengo uno mas bueno, y enorme que sería dificil pero por si acaso…

– Tú pones la denuncia y dice que te la han robado. Un empujón, cualquier cosa. Y así si te lo cubre. (Vaya, pues no era tan legal.) Que te han intimidado.

-¿A mi? ¿Con cerca de dos metros y noventa kilos me van a dar un empujón? No sé, se me caería la cara de vergüenza. Y claro luego está lo de la descripción que tendría que dar. ¡No, no!

– Si, si, claro. – Me dice Guillermo que se ha dado cuenta de que me está pidiendo que cometa una infracción.

El caso es que no es mal tipo. Ha llamado a los del seguro y me ha arreglado una visita de un servicio que tienen: “Manitas”.  A ver si me arreglan la puerta del baño. (Precisamente escribo mientras están en ello.)

Vuelvo a mi asiento de la entrada, a mi libro de relatos de Tenesse Willians.. A la una y  media aún no ha aparecido mi certificado. A las dos y cuarto echan el cierre de la puerta de atención al usuario. Ya no entra nadie. Me llama Estrella. Hablo con voz alta.

– ¡No sé, Estrella! – Le digo. – A las tres esta gente querrá irse. Yo tengo claro que no me voy sin el certificado, así que ellos verán si me lo dan o tendrán que llamar a la policía para sacarme.

A las dos y media la mitad del personal del banco está metido en el despacho de Concha. Entran, preguntan, a veces llaman a alguien aparentando normalidad para ofrecerle un producto financiero y vuelven a entrar en el despacho. A las tres menos diez, la mujer que trabaja en la parte de arriba baja, se despide y les desea suerte. Cuando sale de la sucursal me saluda con la mano. Los cuatro están en el despacho de Concha. A las tres en punto vuelven a sus puestos. Empiezan a recoger, parecen aliviados. Cuando sale Concha trae en la mano dos folios. Los demás se ponen detrás de ella.

-¡Aquí tienes! ¡No sabes lo que ha costado! Deberías enmarcarlo. Sentimos mucho todo el retraso y que hayas tenido que esperar tanto. Además no te lo cobro por el tiempo que has estado aquí.

-¿Como, se cobra? De todas formas te dije que no había ningún problema que si había que pagar ese certificado se hiciera como las otras veces, de la cartilla.

– Pues si, se cobra. ¡Treinta euros! Pero vamos que a ti no te lo cobro después del tiempo que te hemos hecho esperar.

Me quedo con las ganas de decirle a Concha que me lo podía haber cobrado. Que aún tenía tiempo para hacer una reclamación por el importe de ese certificado que es obligatorio para la declaración de la renta. Pero… Ya he tenido bastante. Así que le doy las gracias y me voy deseándoles un feliz fin de semana. Ni siquiera vuelvo la cara para ve la felicidad que debe reinar en esa oficina una vez que se han desentendido de mi. Es una lástima que el interés de ese día no se lo hubiesen tomado desde primera hora, al menos una cuarta parte y nos hubiésemos ahorrado algún disgusto. Al menos yo.

P.D. Escribiendo este post me acaba de llegar un mensaje de AEAT: Acaban de ordenar el pago de la declaración.

¡Por fin una alegría!

 

 

 

 

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Un viaje a Málaga.

Vamos a elegir el lugar al que queremos ir. En clase somos treinta y uno.

El delegado propone que nos vayamos a Madrid. Que podemos ver el Museo del Prado, El Retiro, El Reina Sofía… Algunos están encantados con esa opción. Pero antes de acabar de hablar, desde el fondo de la clase, sentado en la última fila, se oye otra propuesta: ¡Ibiza! Playas, fiestas, discotecas… El jaleo es general. Parece que a todo el mundo le gusta o al menos el ruido es ensordecedor. Entre ese bullicio se escucha otra propuesta que prefiere la sierra, la montaña, naturaleza y aventuras. Pocos se unen a esa propuesta pero hay otra mas: Antequera.

  • ¿Antequera?
  • –Responde uno.- Mi familia es de Antequera y uno nunca he ido allí.

Nadie hace caso al antequerano. Pero otros dos lanzan propuestas parecidas: Ronda y Parauta.

Al de Parauta lo mandan a la mierda entre otros pocos. Ni siquiera saben donde  está.

El caso es que hay que votar y resulta que 13 aceptan la propuesta del delegado. Los jaraneros de la fiesta tienen 10 adeptos. Los de la montaña son se quedan en 4, luego está el voto del antequerano, el parauteño y, sorprendentemente, hay dos votos para Ronda.

Entonces empiezan los problemas. Tiene que haber mayoría para ir a algún sitio, si no… El viaje se queda en nada.

El delegado y su charpa de madrileños dicen que tienen mayoría y que son los que organizaran el viaje a Madrid. Alguien les recuerda que necesitan tener mayoría para que su opción sea la que se lleve adelante. Entonces hablan con los de la montaña y les proponen que uno de los cuatro días de viaje lo dediquen a actividades de aventura en la Sierra de Gredos. Sumarían 17 votos pero los de la montaña no lo ven claro.

Los fiesteros de Ibiza ven peligrar su viaje. Y que termine siendo mas aburrido que un burro dando vueltas en una noria. Se ponen las pilas. Uno de ellos habla con el de Parauta, al parecer es un pueblo de Málaga que nadie conocía y está al lado de Ronda, en mitad de la nada. Solo hay montañas por allí. ¡Una mierda, vamos! Pero… ¡Joder! Marbella está cerca. Y ellos lo que quieren es fiesta. ¿Qué más le da Marbella que Ibiza? Y con lo que se ahorran de viaje hay para mas cervezas. Así que deciden hablar también con los de la Montaña. Cambian sus pretensiones de Ibiza por Marbella (playa, discotecas, fiesta… ). Contratan un autobús que deje a la gente en la Sierra de las Nieves para actividades de montaña todos los días y, ya que está pagado el autobús para cuatro, mientras espera que terminen sus actividades puede realizar una visita a Parauta y otra día a Ronda. Los fiesteros se llevan 17 votos. ¡Mayoría absoluta!

Entonces son los de Madrid los que se dan cuenta que, por mucha mayoría que tengan, necesitan mas votos. Hablan con el antequerano. Le proponen coger allí el AVE a Madrid y volver a soltarlo para que haya tiempo de ver la ciudad. Dos días estarían allí en la ida y la vuelta. Acepta y suman catorce votos. Necesitan dos. Convencen a tres de los fiesteros de que Madrid es el summun de la fiesta y las discotecas, que además habrá un presupuesto para ellos si votan a su favor. Que dormir pueden hacerlo en el hotel si no quieren ir de museos. Los fiesteros son volubles. Cuatro mas se les unen con la promesa de no tener que ir a ver ningún museo y poder disfrutar todo el día discotecas y afters. ¡Ya tienen mayoría absoluta!

Las variables no son infinitas pero si que son muchas. Solo es cuestión de hablar, de ver que puedes dar y que quieres. Hasta que consigas esa mayoría. Todos tienen una elección, pero hay que ponerla en marcha, jugar sus cartas y ver las posibilidades que hay para que se desarrolle.

 

Quizá con algo de suerte sean capaces de encontrar un sitio como Málaga, con sus playa, con sus fiestas, su museo Picasso, Thyssen, Ruso… , su Sierra de las Nieves o la Axarquía tan cerca, que se pueda visitar Ronda, Parauta y Antequera con poco de esfuerzo por todas las  partes. Quizá si hablan lo suficiente, y son capaces de abandonar su primera idea, puedan beneficiarse todos y disfrutar de un viaje juntos sin tener que poner mohines unos u otros porque no era lo que pedían en un principio.

 

 

 

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Arena, de Tennessee Williams

ARENA. (Tennesee Williams)

La vieja está tumbada despierta escuchando el sonido de la respiración del hombre. Noche tras noche es igual. Ella no consigue dormir porque escucha aquel pito ronco, dolorido. Siempre que el sonido se interrumpe queda tensa, a la espera, mientras los atroces momentos se ciernen sobre su propio pecho casi inmóvil como pesas de hierro. Luego, poco a poco o de repente, el sonido se reanuda. Él no ha dejado de respirar. Sólo se ha despertado durante unos minutos y luego vuelto a dormir.

—¡Gracias a Dios! —susurra ella—. ¡Gracias, Dios mío!

Durante el día también escucha. Mientras está en la cocina siempre tiene una oreja atenta a lo que pasa en la habitación de delante, donde él está leyendo. Escucha que pasa las páginas del periódico y que golpea la cazoleta de la pipa contra el cenicero.

Aquellos sonidos la tranquilizan y respira con más libertad.

Le llama:

—¡Emiel, Emiel, es la hora de tus gotas!

Él vuelve pesadamente a la cocina. Arrastra con torpeza los pies y hay una mirada indecisa en sus ojos inyectados en sangre. La pierna derecha se le ha quedado algo rígida debido al ataque. Ya no tiene la mente demasiado despierta. Siempre lleva la chaqueta con manchas de grasa. Sorbe al comer. El agua le cae barbilla abajo cuando bebe. Muchas veces ella tiene que repetirle las cosas antes de que parezca entender. Pasa mucho tiempo sentado, en otra cosa. Se tumba en el sofá junto a la radio y no oye nada. La música parece inexistente. Los actores, los aficionados, los que dan las noticias, y las orquestas sinfónicas; todo es inexistente para sus oídos. Piensa en su enfermedad. Su cara ya es como la cara de un muerto, gris e inexpresiva.

—¡Emiel, Emiel! —le llama ella.

Él se alza lentamente del sofá o la butaca y mira distraídamente a su alrededor. Suspira o gruñe. Ella le trae el vaso de agua teñida de color rosa con las cinco gotas. Él lo agarra sin decir nada y lo vacía. Un hilillo color rosa le resbala por la barbilla, donde hay un inicio de barba gris, y le mancha la chaqueta. Ella se le acerca. Frunce los labios. Emite un leve sonido. Le toca la barbilla con la punta del pañuelo. Le cepilla la mancha húmeda de la chaqueta. Le da unos golpecitos cariñosos en la bóveda color rosa y plata de la cabeza o pasa unos trémulos dedos por su floja papada sin afeitar.

—¡Emiel! —murmura tristemente.

Él se vuelve a hundir en el sofá y ella le arropa con la manta india. Es una manta roja y negra de los navajos que compraron casi cincuenta años atrás durante su viaje de novios a la Costa Oeste. Ella se acuerda del miedo que le daban, o hacía ver que le daban, los indios de aspecto feroz reunidos en torno al andén de la estación; de cómo soltó unos grititos de placer ante el brazalete de turquesas y luego de terror cuando unas mujeres indias que gesticulaban y gruñían formaban un círculo a su alrededor, acercándole con aspecto avaricioso cosas a la cara. Se acuerda de cómo la rodeó el brazo de Emiel y de cómo sus dedos le apretaban espasmódicamente el costado hasta que ella casi se desmayó. Consiguió volver al tren con dificultad.

La radio sigue. Un candidato a las elecciones suelta un discurso. La voz resuena dramáticamente. Declara que los asuntos de la nación están en crisis. Se encuentran en juego opciones vitales. Pero allí, en el acogedor interior de su cuarto de estar, ninguno de los dos escucha las palabras del estadista. Los envuelve la noche. Cuadrados negros de esa noche se aprietan contra las cortinas de la ventana. Están solos. Están sentados muy juntos. Sólo están ellos dos en el interior iluminado por la lámpara. Tienen aspecto de posar para una fotografía. Dentro de un momento la cámara hará click y el que hace la foto dirá:

—Muy bien.

Y los dos sonreirán y volverán a moverse.

Pero ahora están a la espera.

A las diez y media ella le ayuda a levantarse de la butaca o el sofá y van al dormitorio. Él se dobla para quitarse las zapatillas.

—No, Emiel, déjame a mí —susurra ella.

Las manos de ella son asombrosamente rápidas y ligeras, pero tienen un aspecto feo; las venas se le anudan como gusanos debajo de la piel de un rojo violáceo.

—¡Ya está, viejo gruñón! —susurra ella.

Sus ojos le lanzan una mirada de broma desde debajo de la maraña de despeinado pelo gris y él vislumbra en ellos algo de un brillo efímero que es el fantasma de su juventud surgiendo con una rapidez tímida, furtiva, como si ese brillo fuera consciente, y se abochornase de ello, de su propia incongruencia, y luego revolotea fugazmente, como el trino de un pájaro que descansa momentáneamente en una rama helada, lanza una sola mirada de sobresalto a aquellos tiempos brillantes, glacialmente inhóspitos que los rodean, y luego regresa instantáneamente a esa sombría pero segura dimensión de la que ha surgido milagrosamente durante aquel único momento.

Mientras él se desviste ella va a la cocina y le prepara una taza de leche caliente.

—¡Emiel, Emiel! —llama.

Él va arrastrándose pesadamente a la cocina. Las zapatillas de fieltro susurran tristemente en el linóleo de cuadros blancos y negros. Las tablas desajustadas crujen. Emiten pequeños quejidos poco entusiastas debajo del tambaleante peso del viejo. Éste mira con fijeza inquisitiva durante unos momentos la nevera y la cocina de gas como si le estuvieran haciendo una pregunta que él no hubiera entendido del todo.

—Emiel, tu leche —dice ella.

Él no parece que vea. Ella se la alza hasta los labios. Él sorbe lentamente. Gruñe. El paño de cocina de ella casi no resulta lo bastante rápido para atrapar el hilillo blanco.

—Emiel —murmura ella tristemente.

Emiel ya nunca tiene la mente despejada del todo. Ella se pregunta si de hecho es consciente de lo que está haciendo. ¿Sabe lo que le dice ella? Habla mucho. Aquellos días el silencio parece pesar. Ya no es una cosa natural como solía serlo antes de que él sufriera el ataque. Ahora el silencio espera y espera, es un miedo constante.

Cuando la luz se va ella empieza a pensar de nuevo. Las ideas le invaden implacablemente la cabeza y murmura en voz alta. A veces se trata otra vez de la orilla del mar y él está tumbado junto a ella en la arena caliente. Los brillantes granos se le deslizan por la palma de la mano y le hacen cosquillas en los brazos y las piernas al aire. Este recuerdo tiene una vida extraordinaria. Es el más vívido de todos. Oye el sonido de las olas que llegan y cierra los ojos lentamente ante el brillo del sol. Los colores de un prisma destellan entre sus pestañas entrecerradas. Oye la voz de él, lenta y acariciadora como los granos de la cosquilleante arena. Rose. Rose, Rose. Rose. Está intentando que ella sonría. Pero ella no sonreirá. Mantiene los labios tensos, apretados. La arena se desliza haciéndole cosquillas; poco a poco. Luego más deprisa. Luego más despacio. Está caliente, muy caliente en su piel al aire. A pesar de sí misma los labios se le empiezan a curvar por las comisuras. Se ríe en voz alta. La tierra se alza y oscila debajo de ella. El cuerpo le crece. Es inmenso. El momento es intemporal. Forma un arco perfecto en el espacio. Susurra el nombre de él. Luego contiene el aliento. Sí. Todavía está al lado de ella. Pero la arena caliente ya no se le desliza por la palma de la mano. El sol brillante ha desaparecido. Está oscuro. Ella se da la vuelta poco a poco en la cama, con los ojos cerrados. Si extiende los dedos puede tocar la sábana que le tapa a él. Sí. Le oye respirar. Todavía respira. El áspero sonido como de arrastre sigue cansinamente. Un objeto cansado, pesado, que se arrastra dolorosamente hacia adelante. Empuja y tira de sí mismo con desesperación hasta un poco más allá. ¿Cuándo se detendrá? Ella se estremece. No, no puede ser. Nunca. A ella no le puede pasar una cosa así…

Y entonces un día oye que algo cae pesadamente. Suelta el cucharón de sopa. Se queda inmóvil junto al fogón. Hay muchas cosas que le aseguran que no ha pasado nada. El tictac desenfadado del reloj esmaltado de blanco. El murmullo gutural de las zanahorias que cuecen. El zumbido de una mosca de verano tempranera con las alas azules contra las brillantes persianas de cobre. Y los rayos del sol en las hojas de los geranios. Obliga a que sus dedos vuelvan a levantar el cucharón de sopa. Lo agarra rígidamente como una arma; sus ojos miran fijamente sin ver. Dentro de un momento oirá el lento pasar de las páginas del periódico o el sonido de la cazoleta de la pipa contra el cenicero de cristal. Espera eso. Sigue sin haber nada. Algo se congela en su interior. Crece y se pone duro como una piedra. Vacila hacia adelante. Es inútil esperar. Deja el chorreante cucharón sobre el mantel de la mesa y se dirige directamente hacia la puerta del cuarto de estar y la abre, empujándola…

—¡Emiel! —susurra. No tiene el suficiente aliento para decir más que eso.

Él está quieto junto a la redonda mesa de roble. No se trataba de él, sólo fue un pesado libro lo que cayó al suelo.

—Lo estaba mirando. Se cayó —explica él.

Es un álbum con postales de sitios que han visitado juntos en vacaciones durante sus días más jóvenes. Hay fotos de las cataratas del Niágara, del parque de Yellowstone, y de Canadá, Florida y las montañas Rocosas. Lo iniciaron hace casi cincuenta años cuando hicieron el viaje de novios a la Costa Oeste. Desde entonces han ido añadiendo postales con constancia, casi todos los veranos que pudieron salir de la ciudad, y ahora es un libro enorme lleno de fotos.

Emiel se dobla poco a poco para recogerlo.

—No, no —exclama ella—, déjame a mí.

Va disparada hacia donde está caído el álbum. Algunas de las postales se han salido. Sus dedos rojos las recogen rápidamente de la alfombra. Levanta el álbum trabajosamente y lo vuelve a colocar encima de la mesa. Se encaran uno con el otro. Él le devuelve la mirada inexpresivo. Le cae saliva por las comisuras de los labios. Los tiene temblorosos. ¡Qué húmedos tiene los ojos!

—¡Emiel, ay, Emiel!

Le rodea apasionadamente con los brazos. Se lo acerca a su marchito pecho. En aquel abrazo debe mantenerlo junto a ella para siempre. El tiempo no se lo arrebatará. Deja que lo demás se deslice como arena. ¡Conservará aquello!

—¡Emiel! —habla, dominante. Le demostrará que ella todavía tiene fuerza suficiente para los dos.

Pero él no quiere mirarle a los ojos que le tratan de transmitir aquella fuerza. Se da la vuelta evasivo alejándose de ella con aquel arrastrarse suyo. Y la propia firmeza de ella se resquebraja. Cede por completo y, mientras él cruza la habitación, ella se le acerca insegura para volver a tratar de agarrarle por la manga, pero ya no dominante, haciendo una falsa demostración de fuerza, sino simplemente suplicando estérilmente algo que compartir.

—¿Qué pasa, Emiel? ¡Deja que yo lo sepa!

Ella le ha seguido al rincón. Él no intenta darse la vuelta y escapar. Se limita a estar allí evitando mirarla, hasta que el leve toque de ella abandona su manga, y entonces murmura:

—Sólo estaba pensando. Eso es todo.

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La guitarra azul.

El reto lector de mayo era complicado. No recuerdo ningún libro que me enviasen en la escuela que no haya leído. Y si no lo hice en su momento, que creo que si, lo hice mas tarde. Me leí los míos, los de mi hermana Lidia, los de algún amigo, incluso ahora me leo los de mi hijo y hasta los de los hijos de algunos amigos. El caso es que me inventé un reto: Leer en un formato que no hubiese leído antes. O sea, que tenía que leer en el móvil un libro completo, por que blogs y cuentos leo constantemente, o en la tablet, o… ¿joder como era eso del prestamo digital? Pues mira… esa opción va a caer.

Así que fuí a la biblioteca, me dijeron que mi carné seguía siendo válido pero que llevaba tanto tiempo sin usar que debían reconfigurarlo nuevamente al haber cambiado el sistema operativo. (Cuando yo lo hice aún se usaba las fichas a mano y las bibliotecas privilegiadas comenzaban con el M.S. DOS). Me dijeron que podía usarlo, me llevé un libro de paso: El apicultor de Napoleón. Y me quedé con la copla de como meterme en la web y poder leer los libros electrónicos.

A final de abril ya había hecho mi primer pedido digital: La guitarra azul. Un libro que venía muy recomendado y cuyo autor, John Banville ha ganado hace unos año el “Princesa de Asturias”. Comencé a leerlo en la table pero era insufrible. Mucha luz y aquello se hacía tedioso. Así que me estuve informando para poder pasar el libro al ebook. Costó pero después de descargar el Adobe Digital Editions pude pasarlo al BQ Cervantes que tengo y desde ahí, por fin, poder leerlo en condiciones.

El libro tiene su aquel, vamos que te lo puedes ahorrar. Espesito, y me ha costado terminarlo bastante. Tanto que se me cumplió el plazo y ya no podía abrirlo. En vez de volver a solicitarlo, estaba disponible y dudo mucho que se queden sin ejemplares, me lo descargué en epublibre.org y lo terminé ya con la seguridad de que no se iba a marchar del ebook.

Después del follón, reconozco que me ha gustado la experiencia. Además se me quita un poco el runrun piratilla que me da cuando me descargo algún libro. (Quizá por eso, de vez en cuando, me compro alguno por eso de la cal y la arena.) No se va a quedar obsoleto el programa para poder ver la biblioteca sin necesidad de salir de casa. De momento ya he entregado un libro de escritura, y me he leído la revista Photo Digital y National Geografics. Y creo que en cuando termine de escribir me pongo a curiosear a ver que hay en esas ediciones digitales.

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Prestámos eternos.

Los libros hay que devolverlos siempre. Siempre que no hayan sido fundamentales en tu vida. Por que si un libro se mete en tu casa primero, en tu alma y en tu vida… ¿como vas a devolverlo? Lo justo es comprar uno igual, de la misma editorial, de la misma edición, y entregárselo al prestatario como si fuese el suyo. Y tú, con tu libro prestado tendrás una vida satisfactoria dentro de lo que cabe. Pero es difícil, en mi caso terminé comprando los mismos libros años mas tarde en vista de que era muy difícil volver a pedirlos prestados. En mi caso hay dos libros uno es “La historia interminable” de Michael Ende, un libro al que vuelvo de vez en cuando. (Hace unos años me lo pidieron prestado y en vez de dejarlo le compré uno de otra edición mas barata con tal de no desprenderme de él ni siquiera unos días.) Y el otro es los “Assassini” de Thomas Gifford, este no lo he vuelto a abrir desde que lo compré pero era una necesidad física tener el libro cerca.

En casa solo echo de menos uno: “El rey de las almadrabas”. Un libro que presté (y sé perfectamente a quién y lo reclamé sin ninguna esperanza. Al fin y al cabo es preferible perder un libro que una amistad.) He prestado mas, muchos mas, y algunos no han vuelto a mi estantería.  Son libros que han sentado tan bien a los deudores que termina siendo una perdida asumible. No duelen mucho tanto.

Por mi parte creo firmemente en la primera frase de esta entrada: Los libros hay que devolverlos siempre. Pero como todo, también hay excepciones. En la mesilla de noche, dos o tres meses al año, suele rondar un libro de Benedetti. Un libro que quise devolver hace tiempo, pero pospuse la entrega hasta que su dueña dejó de salir con mi amigo. Y luego… luego por no ahondar en la herida fue quedando ahí, entre la mesilla, y la estantería. Abriéndolo de vez en cuando. Un libro que he prestado muchas veces, con la frase: Ten cuidado que no es mío. Un libro que espero que a alguien le llegue tanto como a mi y retrase su devolución tanto como la estoy retrasando yo.

Los libros hay que devolverlos siempre. Aunque ya ni siquiera sean del dueño, por que por ahí  hay libros míos aunque sus dueños sigan pensando que les pertenecen a ellos.

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