Un viaje a Málaga.

Vamos a elegir el lugar al que queremos ir. En clase somos treinta y uno.

El delegado propone que nos vayamos a Madrid. Que podemos ver el Museo del Prado, El Retiro, El Reina Sofía… Algunos están encantados con esa opción. Pero antes de acabar de hablar, desde el fondo de la clase, sentado en la última fila, se oye otra propuesta: ¡Ibiza! Playas, fiestas, discotecas… El jaleo es general. Parece que a todo el mundo le gusta o al menos el ruido es ensordecedor. Entre ese bullicio se escucha otra propuesta que prefiere la sierra, la montaña, naturaleza y aventuras. Pocos se unen a esa propuesta pero hay otra mas: Antequera.

  • ¿Antequera?
  • –Responde uno.- Mi familia es de Antequera y uno nunca he ido allí.

Nadie hace caso al antequerano. Pero otros dos lanzan propuestas parecidas: Ronda y Parauta.

Al de Parauta lo mandan a la mierda entre otros pocos. Ni siquiera saben donde  está.

El caso es que hay que votar y resulta que 13 aceptan la propuesta del delegado. Los jaraneros de la fiesta tienen 10 adeptos. Los de la montaña son se quedan en 4, luego está el voto del antequerano, el parauteño y, sorprendentemente, hay dos votos para Ronda.

Entonces empiezan los problemas. Tiene que haber mayoría para ir a algún sitio, si no… El viaje se queda en nada.

El delegado y su charpa de madrileños dicen que tienen mayoría y que son los que organizaran el viaje a Madrid. Alguien les recuerda que necesitan tener mayoría para que su opción sea la que se lleve adelante. Entonces hablan con los de la montaña y les proponen que uno de los cuatro días de viaje lo dediquen a actividades de aventura en la Sierra de Gredos. Sumarían 17 votos pero los de la montaña no lo ven claro.

Los fiesteros de Ibiza ven peligrar su viaje. Y que termine siendo mas aburrido que un burro dando vueltas en una noria. Se ponen las pilas. Uno de ellos habla con el de Parauta, al parecer es un pueblo de Málaga que nadie conocía y está al lado de Ronda, en mitad de la nada. Solo hay montañas por allí. ¡Una mierda, vamos! Pero… ¡Joder! Marbella está cerca. Y ellos lo que quieren es fiesta. ¿Qué más le da Marbella que Ibiza? Y con lo que se ahorran de viaje hay para mas cervezas. Así que deciden hablar también con los de la Montaña. Cambian sus pretensiones de Ibiza por Marbella (playa, discotecas, fiesta… ). Contratan un autobús que deje a la gente en la Sierra de las Nieves para actividades de montaña todos los días y, ya que está pagado el autobús para cuatro, mientras espera que terminen sus actividades puede realizar una visita a Parauta y otra día a Ronda. Los fiesteros se llevan 17 votos. ¡Mayoría absoluta!

Entonces son los de Madrid los que se dan cuenta que, por mucha mayoría que tengan, necesitan mas votos. Hablan con el antequerano. Le proponen coger allí el AVE a Madrid y volver a soltarlo para que haya tiempo de ver la ciudad. Dos días estarían allí en la ida y la vuelta. Acepta y suman catorce votos. Necesitan dos. Convencen a tres de los fiesteros de que Madrid es el summun de la fiesta y las discotecas, que además habrá un presupuesto para ellos si votan a su favor. Que dormir pueden hacerlo en el hotel si no quieren ir de museos. Los fiesteros son volubles. Cuatro mas se les unen con la promesa de no tener que ir a ver ningún museo y poder disfrutar todo el día discotecas y afters. ¡Ya tienen mayoría absoluta!

Las variables no son infinitas pero si que son muchas. Solo es cuestión de hablar, de ver que puedes dar y que quieres. Hasta que consigas esa mayoría. Todos tienen una elección, pero hay que ponerla en marcha, jugar sus cartas y ver las posibilidades que hay para que se desarrolle.

 

Quizá con algo de suerte sean capaces de encontrar un sitio como Málaga, con sus playa, con sus fiestas, su museo Picasso, Thyssen, Ruso… , su Sierra de las Nieves o la Axarquía tan cerca, que se pueda visitar Ronda, Parauta y Antequera con poco de esfuerzo por todas las  partes. Quizá si hablan lo suficiente, y son capaces de abandonar su primera idea, puedan beneficiarse todos y disfrutar de un viaje juntos sin tener que poner mohines unos u otros porque no era lo que pedían en un principio.

 

 

 

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Arena, de Tennessee Williams

ARENA. (Tennesee Williams)

La vieja está tumbada despierta escuchando el sonido de la respiración del hombre. Noche tras noche es igual. Ella no consigue dormir porque escucha aquel pito ronco, dolorido. Siempre que el sonido se interrumpe queda tensa, a la espera, mientras los atroces momentos se ciernen sobre su propio pecho casi inmóvil como pesas de hierro. Luego, poco a poco o de repente, el sonido se reanuda. Él no ha dejado de respirar. Sólo se ha despertado durante unos minutos y luego vuelto a dormir.

—¡Gracias a Dios! —susurra ella—. ¡Gracias, Dios mío!

Durante el día también escucha. Mientras está en la cocina siempre tiene una oreja atenta a lo que pasa en la habitación de delante, donde él está leyendo. Escucha que pasa las páginas del periódico y que golpea la cazoleta de la pipa contra el cenicero.

Aquellos sonidos la tranquilizan y respira con más libertad.

Le llama:

—¡Emiel, Emiel, es la hora de tus gotas!

Él vuelve pesadamente a la cocina. Arrastra con torpeza los pies y hay una mirada indecisa en sus ojos inyectados en sangre. La pierna derecha se le ha quedado algo rígida debido al ataque. Ya no tiene la mente demasiado despierta. Siempre lleva la chaqueta con manchas de grasa. Sorbe al comer. El agua le cae barbilla abajo cuando bebe. Muchas veces ella tiene que repetirle las cosas antes de que parezca entender. Pasa mucho tiempo sentado, en otra cosa. Se tumba en el sofá junto a la radio y no oye nada. La música parece inexistente. Los actores, los aficionados, los que dan las noticias, y las orquestas sinfónicas; todo es inexistente para sus oídos. Piensa en su enfermedad. Su cara ya es como la cara de un muerto, gris e inexpresiva.

—¡Emiel, Emiel! —le llama ella.

Él se alza lentamente del sofá o la butaca y mira distraídamente a su alrededor. Suspira o gruñe. Ella le trae el vaso de agua teñida de color rosa con las cinco gotas. Él lo agarra sin decir nada y lo vacía. Un hilillo color rosa le resbala por la barbilla, donde hay un inicio de barba gris, y le mancha la chaqueta. Ella se le acerca. Frunce los labios. Emite un leve sonido. Le toca la barbilla con la punta del pañuelo. Le cepilla la mancha húmeda de la chaqueta. Le da unos golpecitos cariñosos en la bóveda color rosa y plata de la cabeza o pasa unos trémulos dedos por su floja papada sin afeitar.

—¡Emiel! —murmura tristemente.

Él se vuelve a hundir en el sofá y ella le arropa con la manta india. Es una manta roja y negra de los navajos que compraron casi cincuenta años atrás durante su viaje de novios a la Costa Oeste. Ella se acuerda del miedo que le daban, o hacía ver que le daban, los indios de aspecto feroz reunidos en torno al andén de la estación; de cómo soltó unos grititos de placer ante el brazalete de turquesas y luego de terror cuando unas mujeres indias que gesticulaban y gruñían formaban un círculo a su alrededor, acercándole con aspecto avaricioso cosas a la cara. Se acuerda de cómo la rodeó el brazo de Emiel y de cómo sus dedos le apretaban espasmódicamente el costado hasta que ella casi se desmayó. Consiguió volver al tren con dificultad.

La radio sigue. Un candidato a las elecciones suelta un discurso. La voz resuena dramáticamente. Declara que los asuntos de la nación están en crisis. Se encuentran en juego opciones vitales. Pero allí, en el acogedor interior de su cuarto de estar, ninguno de los dos escucha las palabras del estadista. Los envuelve la noche. Cuadrados negros de esa noche se aprietan contra las cortinas de la ventana. Están solos. Están sentados muy juntos. Sólo están ellos dos en el interior iluminado por la lámpara. Tienen aspecto de posar para una fotografía. Dentro de un momento la cámara hará click y el que hace la foto dirá:

—Muy bien.

Y los dos sonreirán y volverán a moverse.

Pero ahora están a la espera.

A las diez y media ella le ayuda a levantarse de la butaca o el sofá y van al dormitorio. Él se dobla para quitarse las zapatillas.

—No, Emiel, déjame a mí —susurra ella.

Las manos de ella son asombrosamente rápidas y ligeras, pero tienen un aspecto feo; las venas se le anudan como gusanos debajo de la piel de un rojo violáceo.

—¡Ya está, viejo gruñón! —susurra ella.

Sus ojos le lanzan una mirada de broma desde debajo de la maraña de despeinado pelo gris y él vislumbra en ellos algo de un brillo efímero que es el fantasma de su juventud surgiendo con una rapidez tímida, furtiva, como si ese brillo fuera consciente, y se abochornase de ello, de su propia incongruencia, y luego revolotea fugazmente, como el trino de un pájaro que descansa momentáneamente en una rama helada, lanza una sola mirada de sobresalto a aquellos tiempos brillantes, glacialmente inhóspitos que los rodean, y luego regresa instantáneamente a esa sombría pero segura dimensión de la que ha surgido milagrosamente durante aquel único momento.

Mientras él se desviste ella va a la cocina y le prepara una taza de leche caliente.

—¡Emiel, Emiel! —llama.

Él va arrastrándose pesadamente a la cocina. Las zapatillas de fieltro susurran tristemente en el linóleo de cuadros blancos y negros. Las tablas desajustadas crujen. Emiten pequeños quejidos poco entusiastas debajo del tambaleante peso del viejo. Éste mira con fijeza inquisitiva durante unos momentos la nevera y la cocina de gas como si le estuvieran haciendo una pregunta que él no hubiera entendido del todo.

—Emiel, tu leche —dice ella.

Él no parece que vea. Ella se la alza hasta los labios. Él sorbe lentamente. Gruñe. El paño de cocina de ella casi no resulta lo bastante rápido para atrapar el hilillo blanco.

—Emiel —murmura ella tristemente.

Emiel ya nunca tiene la mente despejada del todo. Ella se pregunta si de hecho es consciente de lo que está haciendo. ¿Sabe lo que le dice ella? Habla mucho. Aquellos días el silencio parece pesar. Ya no es una cosa natural como solía serlo antes de que él sufriera el ataque. Ahora el silencio espera y espera, es un miedo constante.

Cuando la luz se va ella empieza a pensar de nuevo. Las ideas le invaden implacablemente la cabeza y murmura en voz alta. A veces se trata otra vez de la orilla del mar y él está tumbado junto a ella en la arena caliente. Los brillantes granos se le deslizan por la palma de la mano y le hacen cosquillas en los brazos y las piernas al aire. Este recuerdo tiene una vida extraordinaria. Es el más vívido de todos. Oye el sonido de las olas que llegan y cierra los ojos lentamente ante el brillo del sol. Los colores de un prisma destellan entre sus pestañas entrecerradas. Oye la voz de él, lenta y acariciadora como los granos de la cosquilleante arena. Rose. Rose, Rose. Rose. Está intentando que ella sonría. Pero ella no sonreirá. Mantiene los labios tensos, apretados. La arena se desliza haciéndole cosquillas; poco a poco. Luego más deprisa. Luego más despacio. Está caliente, muy caliente en su piel al aire. A pesar de sí misma los labios se le empiezan a curvar por las comisuras. Se ríe en voz alta. La tierra se alza y oscila debajo de ella. El cuerpo le crece. Es inmenso. El momento es intemporal. Forma un arco perfecto en el espacio. Susurra el nombre de él. Luego contiene el aliento. Sí. Todavía está al lado de ella. Pero la arena caliente ya no se le desliza por la palma de la mano. El sol brillante ha desaparecido. Está oscuro. Ella se da la vuelta poco a poco en la cama, con los ojos cerrados. Si extiende los dedos puede tocar la sábana que le tapa a él. Sí. Le oye respirar. Todavía respira. El áspero sonido como de arrastre sigue cansinamente. Un objeto cansado, pesado, que se arrastra dolorosamente hacia adelante. Empuja y tira de sí mismo con desesperación hasta un poco más allá. ¿Cuándo se detendrá? Ella se estremece. No, no puede ser. Nunca. A ella no le puede pasar una cosa así…

Y entonces un día oye que algo cae pesadamente. Suelta el cucharón de sopa. Se queda inmóvil junto al fogón. Hay muchas cosas que le aseguran que no ha pasado nada. El tictac desenfadado del reloj esmaltado de blanco. El murmullo gutural de las zanahorias que cuecen. El zumbido de una mosca de verano tempranera con las alas azules contra las brillantes persianas de cobre. Y los rayos del sol en las hojas de los geranios. Obliga a que sus dedos vuelvan a levantar el cucharón de sopa. Lo agarra rígidamente como una arma; sus ojos miran fijamente sin ver. Dentro de un momento oirá el lento pasar de las páginas del periódico o el sonido de la cazoleta de la pipa contra el cenicero de cristal. Espera eso. Sigue sin haber nada. Algo se congela en su interior. Crece y se pone duro como una piedra. Vacila hacia adelante. Es inútil esperar. Deja el chorreante cucharón sobre el mantel de la mesa y se dirige directamente hacia la puerta del cuarto de estar y la abre, empujándola…

—¡Emiel! —susurra. No tiene el suficiente aliento para decir más que eso.

Él está quieto junto a la redonda mesa de roble. No se trataba de él, sólo fue un pesado libro lo que cayó al suelo.

—Lo estaba mirando. Se cayó —explica él.

Es un álbum con postales de sitios que han visitado juntos en vacaciones durante sus días más jóvenes. Hay fotos de las cataratas del Niágara, del parque de Yellowstone, y de Canadá, Florida y las montañas Rocosas. Lo iniciaron hace casi cincuenta años cuando hicieron el viaje de novios a la Costa Oeste. Desde entonces han ido añadiendo postales con constancia, casi todos los veranos que pudieron salir de la ciudad, y ahora es un libro enorme lleno de fotos.

Emiel se dobla poco a poco para recogerlo.

—No, no —exclama ella—, déjame a mí.

Va disparada hacia donde está caído el álbum. Algunas de las postales se han salido. Sus dedos rojos las recogen rápidamente de la alfombra. Levanta el álbum trabajosamente y lo vuelve a colocar encima de la mesa. Se encaran uno con el otro. Él le devuelve la mirada inexpresivo. Le cae saliva por las comisuras de los labios. Los tiene temblorosos. ¡Qué húmedos tiene los ojos!

—¡Emiel, ay, Emiel!

Le rodea apasionadamente con los brazos. Se lo acerca a su marchito pecho. En aquel abrazo debe mantenerlo junto a ella para siempre. El tiempo no se lo arrebatará. Deja que lo demás se deslice como arena. ¡Conservará aquello!

—¡Emiel! —habla, dominante. Le demostrará que ella todavía tiene fuerza suficiente para los dos.

Pero él no quiere mirarle a los ojos que le tratan de transmitir aquella fuerza. Se da la vuelta evasivo alejándose de ella con aquel arrastrarse suyo. Y la propia firmeza de ella se resquebraja. Cede por completo y, mientras él cruza la habitación, ella se le acerca insegura para volver a tratar de agarrarle por la manga, pero ya no dominante, haciendo una falsa demostración de fuerza, sino simplemente suplicando estérilmente algo que compartir.

—¿Qué pasa, Emiel? ¡Deja que yo lo sepa!

Ella le ha seguido al rincón. Él no intenta darse la vuelta y escapar. Se limita a estar allí evitando mirarla, hasta que el leve toque de ella abandona su manga, y entonces murmura:

—Sólo estaba pensando. Eso es todo.

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La guitarra azul.

El reto lector de mayo era complicado. No recuerdo ningún libro que me enviasen en la escuela que no haya leído. Y si no lo hice en su momento, que creo que si, lo hice mas tarde. Me leí los míos, los de mi hermana Lidia, los de algún amigo, incluso ahora me leo los de mi hijo y hasta los de los hijos de algunos amigos. El caso es que me inventé un reto: Leer en un formato que no hubiese leído antes. O sea, que tenía que leer en el móvil un libro completo, por que blogs y cuentos leo constantemente, o en la tablet, o… ¿joder como era eso del prestamo digital? Pues mira… esa opción va a caer.

Así que fuí a la biblioteca, me dijeron que mi carné seguía siendo válido pero que llevaba tanto tiempo sin usar que debían reconfigurarlo nuevamente al haber cambiado el sistema operativo. (Cuando yo lo hice aún se usaba las fichas a mano y las bibliotecas privilegiadas comenzaban con el M.S. DOS). Me dijeron que podía usarlo, me llevé un libro de paso: El apicultor de Napoleón. Y me quedé con la copla de como meterme en la web y poder leer los libros electrónicos.

A final de abril ya había hecho mi primer pedido digital: La guitarra azul. Un libro que venía muy recomendado y cuyo autor, John Banville ha ganado hace unos año el “Princesa de Asturias”. Comencé a leerlo en la table pero era insufrible. Mucha luz y aquello se hacía tedioso. Así que me estuve informando para poder pasar el libro al ebook. Costó pero después de descargar el Adobe Digital Editions pude pasarlo al BQ Cervantes que tengo y desde ahí, por fin, poder leerlo en condiciones.

El libro tiene su aquel, vamos que te lo puedes ahorrar. Espesito, y me ha costado terminarlo bastante. Tanto que se me cumplió el plazo y ya no podía abrirlo. En vez de volver a solicitarlo, estaba disponible y dudo mucho que se queden sin ejemplares, me lo descargué en epublibre.org y lo terminé ya con la seguridad de que no se iba a marchar del ebook.

Después del follón, reconozco que me ha gustado la experiencia. Además se me quita un poco el runrun piratilla que me da cuando me descargo algún libro. (Quizá por eso, de vez en cuando, me compro alguno por eso de la cal y la arena.) No se va a quedar obsoleto el programa para poder ver la biblioteca sin necesidad de salir de casa. De momento ya he entregado un libro de escritura, y me he leído la revista Photo Digital y National Geografics. Y creo que en cuando termine de escribir me pongo a curiosear a ver que hay en esas ediciones digitales.

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Prestámos eternos.

Los libros hay que devolverlos siempre. Siempre que no hayan sido fundamentales en tu vida. Por que si un libro se mete en tu casa primero, en tu alma y en tu vida… ¿como vas a devolverlo? Lo justo es comprar uno igual, de la misma editorial, de la misma edición, y entregárselo al prestatario como si fuese el suyo. Y tú, con tu libro prestado tendrás una vida satisfactoria dentro de lo que cabe. Pero es difícil, en mi caso terminé comprando los mismos libros años mas tarde en vista de que era muy difícil volver a pedirlos prestados. En mi caso hay dos libros uno es “La historia interminable” de Michael Ende, un libro al que vuelvo de vez en cuando. (Hace unos años me lo pidieron prestado y en vez de dejarlo le compré uno de otra edición mas barata con tal de no desprenderme de él ni siquiera unos días.) Y el otro es los “Assassini” de Thomas Gifford, este no lo he vuelto a abrir desde que lo compré pero era una necesidad física tener el libro cerca.

En casa solo echo de menos uno: “El rey de las almadrabas”. Un libro que presté (y sé perfectamente a quién y lo reclamé sin ninguna esperanza. Al fin y al cabo es preferible perder un libro que una amistad.) He prestado mas, muchos mas, y algunos no han vuelto a mi estantería.  Son libros que han sentado tan bien a los deudores que termina siendo una perdida asumible. No duelen mucho tanto.

Por mi parte creo firmemente en la primera frase de esta entrada: Los libros hay que devolverlos siempre. Pero como todo, también hay excepciones. En la mesilla de noche, dos o tres meses al año, suele rondar un libro de Benedetti. Un libro que quise devolver hace tiempo, pero pospuse la entrega hasta que su dueña dejó de salir con mi amigo. Y luego… luego por no ahondar en la herida fue quedando ahí, entre la mesilla, y la estantería. Abriéndolo de vez en cuando. Un libro que he prestado muchas veces, con la frase: Ten cuidado que no es mío. Un libro que espero que a alguien le llegue tanto como a mi y retrase su devolución tanto como la estoy retrasando yo.

Los libros hay que devolverlos siempre. Aunque ya ni siquiera sean del dueño, por que por ahí  hay libros míos aunque sus dueños sigan pensando que les pertenecen a ellos.

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El ronroneo del viaje.

Varias palomas se cortejan en la estación. Un gato ronronea alrededor de su dueña. No es la primera vez que va de viaje y ella lo deja un rato suelto antes de los kilómetros que le quedan por recorrer.

Un niño se acerca. Le pide cogerlo y esta se lo entrega. Esta mimoso en los brazos del chaval. La madre del chico saca el móvil y lo fotografía. Las personas alrededor le sonríen como si eso les devolviese una ternura perdida.

Entonces el gato salta. Coge una paloma al vuelo y la zangarrea hasta que muere. Se la entrega a su dueña que la echa en el transportín. No será tan largo el viaje con comida.

El niño, la madre, los curiosos han huido.

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Semana Santa 2018

Me gusta la semana santa. Me gusta tanto que casi todos los año, creo que todos, he hecho una entrada de como la he disfrutado. Este año se prometía una semana de lujo. Tenía vacaciones y podía disponer a mi antojo de todo ese tiempo, cuatro años esperando un dos mil dieciocho para no tener que hacer cambios en el trabajo, para poder disfrutar de las procesiones sin prisas, sin pensar en que había que levantarse temprano a currar, o sin poder ver las salidas por que te lo impide el horario laboral. ¡Nada! Este año… prometía.

Pero… como dice mi madre: Uno propone y Dios dispone. Y Dios dispuso que este año las procesiones las viese a trompicones desde el canal de la televisión municipal. El viernes de dolores me instalé con mi madre en su casa y nos estuvimos haciendo compañía hasta el jueves santo. Entre medias paseos, prepara comida, limpieza, hospitales y una visita que me vino muy bien de mi prima M.

Hay un pequeño paréntesis de 36 horas en Priego. El Jueves Santo a medio día desembarcamos unos pocos en la casa de mi hermana. Sobrin@s, hijo, mi hermana y mi madre tomabamos la casa. Durante unas horas aquello parecía una Semana Santa de las normales, de las de siempre. Pero no era así. Faltaba gente. Faltaban mis otras hermanas que se quedaron cuidando a mi padre en el hospital, faltaban sobre todo ganas de estar allí.

El agua dio un respiro el jueves y la Columna salió sin problemas. El cansancio, y sobre todo la necesidad de llevar una rutina en casa hicieron que nos acostasemos pronto y no viese ninguna procesión mas.

El viernes Santo comenzó tarde. Sin saber si el Nazareno saldría o no. Al final salió, una cosa rara ya que la barbaridad de algunos imbéciles, y la falta de decisión de otros, hicieron que saliese a la calle con un aguacero. Ni siquiera llegó a pasar del Paseillo y volvió a San Francisco. ¡Una vergüenza lo de este año el viernes Santo!

La bendición la vi con Gonzalo, mi sobrino pequeño desde el bar del Ambigú. Después… descanso, ducha y preparación para salir en mi procesión. Este año salía con Hugo, si madre le había cedido la túnica pero… ¡tampoco! En la iglesia solo vi a una niña pequeña llorar por no salir. Creo que los demás lo teníamos asumido, no iba a ser que el agucero también nos pillara a nosotros y no hay ni ganas ni necesidad. Después de un rato en la iglesia disfrutando de los pasos cogí el coche y me volví a Córdoba.

El sábado empezaba a trabajar y el domingo, durante todo el día estaría trabajando. Terminar de morirse en un domingo de resurrección.

¡Si! Ha sido una semana santa rara. Peculiar. Pero desde luego no para olvidar. Y si lo hago… aquí se queda.

 

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Bye bye marzo.

Se cierra marzo y se vuelve uno de esos meses para olvidar. De los que enseñan. Con muchos días sin trabajar y ninguno para descansar. Con alguna risa, pocas, y muchas congojas. Con horarios de bebé cabezón y comidas a salto de mata. Aunque también con pestiños de confitería y besos en la ensalada.

Se cierra marzo y llega abril. Llega  con un  décimo aniversario del inicio de un máster. De los que enseñaron tanto como este mes y aprendí a apreciar los buenos momentos, y a saber que los malos no duran tanto cuando se está con gente que quieres y te quieren.

A tomar por culo marzo. Vamos por otro mes.

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Bosques.

Esconden poco los bosques que son de columnas. Tan previsibles ellos en su crecimiento. Tan estrechos para tapar. Pero a veces, como en Córdoba, como Corto, tan bellos que nadie mira lo que hay debajo, las personas, el movimiento se pierde en la retina para centrarnos en lo importante. Esconden

 

 

Esconden poco. Pero… ¿quien quiere esconderse cuando hay tanto que ver?

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Calcutta cup.

¡Si señor!

Este año la Copa Calcuta es nuestra. Y encima Inglaterra sin queda sin Grand Slam. Vamos… que el día 10 vamos con mucha moral a Irlanda a ver si cuela.

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Lo, lo, lo.

En los últimos días hemos escuchado a Marta Sánchez versioneando el himno de España. Unos la han puesto a parir, a otros, como dice @TCTR, les ha llegado la Navidad de nuevo. Por su puesto lo importante no es ser coherente así que, como buen salmón,  voy a intentarlo.

Primero me llama la atención eso de “cantando el himno”.  ¡No! El himno no se canta. El himno  español no tiene letra. Así que solo podemos interpretarlo. Se canta una canción con la música del himno. Si tú a la Marsellesa le cambias la letra no estás cantando el himno francés, por que entonces no es el himno. Será otra cosa, será lo que quieras decir que es pero no es el himno. Que a Marta Sanchéz le gusta, oye pues genial. ¿Que quiere compartirlo? Me parece estupendo. No ha sido pretencioso ni nada por el estilo. Un Bonus Track de un concierto. Además la ventaja que tiene es que no hay letra oficial para comparar. Nunca va a ser peor que la de el Príncipe Gitano cantando “In the Ghetto.”

Segundo. Marta Sánchz es facha. ¡Seguro! Ha cogido algo español y lo ha aireado. Cualquiera que haga eso sin ganar nada en fútbol ya sabemos que es facha. Facha de libro. Así que por un lado media oposición de izquierdas son los que la han puesto regular por ponerle letra. (Confío en equivocarme y que mas de la mitad les de igual lo que haga Marta en su tiempo libre.) Por el otro lado, algún que otro dirigente político escorado a la derecha, han estado babeando con Marta Sánchez recordando etapas de juventud e imaginándola de nuevo en la portada de man (de nuevo en Interviú va a ser imposible) tapadilla con bandera nacional. (También confió en que mas de la mitad de derechas les de igual lo que haga Marta en su intimidad.) Tenemos una tontería con la bandera y los símbolos que no es ni normal. Y lo peor es que eso en Andalucía lo llevamos igual. El Canal Sur nos tiene fritos con banderitas e himno y a ver quien es el guapo que le dice facha a Susanita. Que solo es un simbolo, que representa a todos. A izquierda y derecha. Representa hasta a los que no quiere que les represente. Es solo una bandera y como todas (ya lo dijo Loquillo) es para quemar.

Tercero. La versión personal de la letra. ¿Habeis leído la letra? A ver… Analizo:

Vuelvo a casa, a mi amada tierra,
la que vio nacer un corazón aquí.

¿Vuelvo a casa? ¿Que pasa? ¿Los que no han salido de España no cuentan? ¿Solo los que vuelven? Así ya se puede echar de menos. Esto tiene mas que ver con “El Emigrante” de Juanito Valderrama que otra cosa.

Hoy te canto, para decirte cuanto orgullo hay en mi,
por eso resistí.

Bien. Esta parte esta bien. Orgullo, aguante, lo que viene a ser un himno.

Crece mi amor cada vez que me voy,
pero no olvides que sin ti no se vivir.

Lo mismo te echo de menos, lo mismo, que antes te echaba de mas. Que diría Kiko Veneno. Cada vez que me voy de España la quiero mas. ¡Pues no te vayas! Pero claro luego nos vamos a vivir a Miami y allí se echa de menos España. ¡Joder! Así también la echo de menos yo.

Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón
y no pido perdón.

Otra estrofa buena. Lo colores de la bandera. Eso si, lo de “no pido perdón” mejor cambiarlo. (Aunque claro… Ya veía Marta en que se iba a convertir la cancioncilla.)

Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí,
honrarte hasta el fin.

Otra buena. España grande, gracias por nacer (excluidos los que vengan, solo los de aquí), te honramos. Y… ¿Que tendrá que ver Dios con la patria? Pero bueno… ya digo, es cosa de la Sra. Sánchez. No me voy a meter en eso.

Como tu hija llevaré ese honor,
llenar cada rincón con tus rayos de sol.

Esta es de las que mas me gustan.

Y si algún día no puedo volver,
guárdame un sitio para descansar al fin.

Otra vez… Esta mujer viaja mucho. Esto es mas un himno para Ryanair que para una nación. Todo lo mas la nación vikinga que estaban medio año fuera de casa saqueando pueblos.

De todas formas, ya digo. Por mi genial que Marta Sanchéz se haya atrevido a hacer una versión del himno y no le de reparo en cantarla en sus conciertos. El que se moleste que se joda o que no vaya. Otra cosa es que queramos hacer de eso un himno nacional. ¿En serio? Si una de las mejores cosas que tiene el himno es que no hay letra. Se escucha y listo. Lo mejor es hacer lo de siempre, lo que nos une a todos los españoles ponerle la letra que queramos o entonar el lo, lo, lo.

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